DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
LECTURAS
- Is 8, 23b — 9, 3. En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande.
- Sal 26. R. El Señor es mi luz y mi salvación.
- 1 Cor 1, 10-13. 17. Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre
vosotros.
- Mt 4, 12-23. Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho
por Isaías.
Los primeros cristianos, entre ellos los propios evangelistas, para intepretar lo que ha ocurrido en Jesús, lo que significa su vida y mensaje, y quién es en realidad, acuden a la fe de Israel. Con el profeta Isaías (Is 8, 23 - 9,1), que es el libro del Antiguo Testamento más citado en los evangelios (unas 30 citas, y de ellas, la mitad en el primer evangelio), Mateo identifica al profeta de Nazaret y su mensaje como la luz prometida por Dios para alumbrar a su pueblo en medio de las tinieblas. Pero, además, el evangelista más versado en las Sagradas Escrituras, tanto por el número de citas como por su opción por la continuidad (no exenta de superación y trascendencia: Mt 5,17) entre Jesús y la Ley, nos precisa en qué sentido Cristo es la gran luz que brilló para los que habitaban en sombras de muerte. Jesús de Nazaret, que ha estado en el desierto de Judea (bautismo y tentaciones del desierto), tras el arresto del Bautista vuelve a Galilea y alli inicia su misión evangelizadora. Para el escriba y apóstol que es Mateo, esta misión brilla porque: anuncia la cercanía del Reino de Dios; porque llama a quienes colaborarán con él en ese anuncio esperanzador y por la acción curativa de sanar a los enfermos. Predicación, apostolado y sanación son los resplandores de esta ráfaga de claridad que disipa las visiones fatalistas y oscurantistas de la vida y de Dios. La vida no es absurda, porque Dios está cerca a través de la predicación del evangelio y de quienes lo proclaman, y porque el deseo último de Dios para todos es la salud, la verdad, la plenitud... la salvación.
Si Cristo, y con los evangelios creemos que sí, es la luz que profetizó Isaías, entonces, escuchar su palabra transmitida como Palabra de Dios, reportará no poca claridad y orientación a nuestros ojos cansados, anheladas fuerzas a nuestro desanimados corazones. Por eso, la meditación asidua, personal y comunitaria, de las Sagradas Escrituras se convierte en una fuente permanente de inspiración, interpelación y sustento espiritual. Es hora de tomar la Biblia, sacarla del estante, ponerla sobre la mesa, y con ánimo orante, con disposición generosa, dejar que nos abra horizontes y nos marque la ruta.

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