Las Bienaventuranzas se nos presentan como un viaje de la realidad al ideal, pasando por el compromiso, la misericordia y la solidaridad. Es un viaje del presente al futuro, pasando por una opción activa que transforme el presente para que se acerque al futuro deseado. No son una receta, ni una moralina, sino la expresión palpitante del deseo divino de vida plena para todos sus hijos. Como nos ocurriera con el anuncio del ángel a los pastores, cuando dijeron aquello de "y en la tierra paz a los hombres que Dios ama", las bienaventuranzas no son una predicción que desvíe al cielo el cumplimiento de la mayor justicia, sino que nos comunica que eso es lo que Dios quiere. Pero ya sabemos que la voluntad de Dios, además de ser preceptiva para los que en Él creemos, acabará por cumplirse, desde luego en el cielo, pero también aquí y ahora.
- Sof 2, 3; 3, 12-13. Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre.
- Sal 145. R. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es
el reino de los cielos.
- 1 Cor 1, 26-31. Dios ha escogido lo débil del mundo.
- Mt 5, 1-12a. Bienaventurados los pobres en el espíritu.
Íntimamente conectado con el corazón misericordioso del Padre, Jesús, al ver en la multitud el sufrimiento, la desolación y las ansias de justicia y liberación, otea una vida diferente, que es la que Dios quiere para todos sus hijos. Las bienaventuranzas tienen esa triple función de analizar y denunciar la realidad; prometer y alentar la esperanza en la plenitud que sólo Dios nos puede dar y suscitar la inquietud que movilice un compromiso solidario para que los bienaventurados puedan serlo ya en este teimpo presente.
Las bienaventuranzas nos han sido transmitidas por la fuente común a Mateo y Lucas. Si bien, cada evangelista las ha trabajado en orden a su propio programa catequético. En Lucas son sólo cuatro bienaventuranzas: los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos por seguir a Jesús. Son proclamadas en un llano, después de bajar Jesús y sus discípulos de un monte donde se habían retirado para orar. En el valle, Jesús se reencuentra con la realidad de la multitud aquejada por innumerables dolencias, todos intentan tocarle porque de Él sale una fuerza curativa. Y, a diferencia de Mateo, inspirándose en los profetas (Is 5, 8-25; Hab 2, 6ss) proclama las "malaventuranzas", que son también cuatro advertencias contra los que viven saciados de sí mismos: ricos, hartos, "autocomplacientes", bien vistos por todos. Y es que Lucas, que intenta aterrizar en valores sociales y compromisos efectivos la opción por el Reino de Dios, intenta aclarar pedagógicamente que esa opción supone renunciar y oponerse a lo que contradice el espíritu del Evangelio: el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia.
En Mateo, las Bienaventuranzas están en el comienzo del sermón del monte, primero de los cinco grandes discursos, con los que el escriba versado en la Escritura que es este evangelista, quiere presentar a Jesús como el nuevo Moisés que proclama la nueva alianza. Primero, Jesús ve a la multitud, reconoce en ella a los bienaventurados, después, sube al monte (como Moisés subiera al Sinaí para recoger las tablas de la Ley) y allí pronuncia las nueve bienaventuranzas: pobres en el espíritu ("los que tienen espíritu de pobres" traduce la versión Cantera - Iglesias), los mansos, los que lloran, los que tienen hambre de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia y los perseguidos en su nombre. Se trata de un cuadro más completo que el de Lucas, con una diversificación en situaciones sociales y actitudes morales, en realidades de opresión y los valores afines al Reino de Dios. La mejor comprensión de las bienaventuranzas según san Mateo exigiría que leyéramos también la imagen que las completa, la imagen de la sal y la luz (Mt 5, 13 - 16). Pues es ese caudal que somos y portamos, positivo, aunque frágil, lo que nos puede ayudar a vivir como bienaventurados procurando la dicha para los que fueron desposeídos; y compartiendo la felicidad de los que ya son dichosos porque compartieron con Dios su espíritu de bondad y gratuidad.