JORNADA PRO ORANTIBUS
LECTURAS
- Ex 34, 4b-6. 8-9. Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso.
- Dan 3, 52-56. R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
- 2 Cor 13, 11-13. La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión
del Espíritu Santo.
- Jn 3, 16-18. Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él.
El fin de toda la vida de Jesús, porque es la intención misma del Padre al enviarlo como revelación suya, es que "el mundo se salve por él". Por eso no puede ser el temor al infierno lo que motive nuestra fe y seguimiento cristianos, porque siendo tan grande el don que nos procura de parte del Padre, la vida plena, hay suficientes motivos positivos para gozar de su gratuidad, antes que hacerlo por miedo a la condenación. Y, por la misma razón, que es la razón de todas las razones, el fin primero y supremo, nuestra respuesta creyente a la invitación de Cristo, no puede ser a medias, ni contentarse con meros cumplimientos cultuales o morales. Al que la vida misma nos regala, sólo con toda la vida podemos responderle. Tenemos que recuperar la salvación (como diría Torres Queiruga) de una concepción meramente quirúrgica: amputar lo que nos pueda devenir en muerte eterna. A cambio, en plena coherencia con el contenido y la intención de la comunicación de Dios con nosotros, de su motivación salvívica, saludable, podemos ver y vivir la salvación como la dulce experiencia de convivir con el amor que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es, gustar su amable convivencia y disfrutar de la luz y el sentido que le dan a todas nuestras horas presentes, antes de ser eternidad.
Esta esperanzadora vivencia de la fe como frución de la salvación exige, para gustarla en toda su anchura y profundidad, desarrollar y poner en práctica nuestra capacidad contemplativa. No sólo porque Dios, uno y trino, sea misterio, que lo es y en grado superlativo, sino porque siendo su voluntad que entremos en comunión con su amor, hemos de practicar la atención de los sentidos corporales y espirituales para sentirlo a cada paso, en cada hora, en todas las sensaciones y sentimientos que se enhebran en nuestra vida cotidiana. Suena místico, pero la fe, tal y como nos la propone el Hijo de Dios, es mística, en un sentido que no es privativo de unas pocas personas sino de todos los que crean en el Dios de Jesucristo y viva lo que creen como Él lo vivió y nos enseñó a vivirlo.









