LECTURAS
- 1 Re 19, 9a 11-13a
- Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
- Rom 9, 1-5
- Mt 14, 22-33 Ánimo soy yo, no temáis
El buen maestro de la espiritualidad sublime del Reino de Dios, Jesús de Nazaret, el Señor, nos ha insistido en que andemos por la vida despiertos, que estemos atentos, vigilantes, receptivos y en busca permanente. Ese es el requisito previo para encontrar el tesoro, la perla fina. Pero, no menos importante para esta espiritualidad de la búsqueda y la exploración del sentido definitivo de la existencia, es el esfuerzo constante por apropiarnos lo hallado, de vivir lo encontrado, de disfrutar lo que se nos ha dado y aprovechar el poso de paz, esperanza y amor que nos reporta el tesoro del Evangelio. Porque en cuanto a este preciado bien que es la generosa oferta por parte de Dios de entrar en comunión con su vida divina, no se trata de saberse de memoria la ruta, o de contar con un mapa perfecto, con un navegador de última generación, sino de ponérnoslo como traje de fiesta, de sentirlo igual que el aire que respiramos, degustarlo y alimentarnos con su fuerza, su deliciosa vida compartida, su incomparable experiencia de serenidad y gratitud. No es que nos vayamos a librar de problemas, preocupaciones y sinsabores, que eso va de sí con la condición humana, pero tendremos la consistencia de sentirnos apoyados sobre el firme inconmovible de la apuesta de Dios por nosotros. Vendrán dolores y contratiempos, y aún así, como parte de este tesoro de la fe, oteamos y pregustamos una vida más plena que, anticipada por la contemplación y en el amor fraterno, es dicha completa en la eternidad de Dios.

La reciente visita del papa León XIV a España, además de su magisterio y predicación confirmando la fe de nuestra Iglesia local, la que peregrina en las tierras y pueblos de España, ha servido para escenificar de manera educativa y necesaria, la riqueza, integridad y diversidad de lo que es la Iglesia, la nuestra y toda la Iglesia. Porque hay religiosidad popular, culto, oración, contemplación; y hay también testimonio, caridad, acompañamiento, solidaridad, compasión... El papa nos lo ha recordado y subrayado, pero el conjunto de actos y localizaciones, la riqueza de experiencias y testigos, muestran que la Iglesia, fundada en el anuncio apostólico del Evangelio, sólo es portadora de ese mismo Evangelio cuando lo vive en todas sus dimensiones, de manera integral, en su complejidad y riqueza. Esta es la fe que reconocemos de manera histórica y simbólica en la figura del santo apóstol Jacob, Yago, Jaime, Santiago. El hijo del Zebedeo, el que con Pedro y su hermano Juan formaba el círculo de confianza de Jesús. Porque son estos tres discípulos los que están con el Maestro en las horas dulces y sublimes (la Transfiguración: Mt 17:1-9; Mc 9:2-10; Lc 9:28-36; 2 Pe 1:16-18) como en los momentos de máxima debilidad (la oración en el huerto de Getsemaní: Mt 26:37 y Mc 14:33); los mismos que lo acompañan en el milagro de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5:37 y Lc 8:51). Este miembro del colegio de los doce apóstoles, elegidos por Jesús de entre los discípulos y discípulas que le seguían, para representar el nuevo Pueblo de Dios, enlaza la historia de nuestra Iglesia con la de todo el cristianismo y la inserta en la comunión de fe que debe expresarse, tanto en la oración y la liturgia, como de manera inseparable en la acción social en favor de los pobres, los privados de libertad, los inmigrantes, la vida en riesgo (no nacidos, enfermos, mayores), la dignidad de todos. A este apóstol que preside la unidad y la fidelidad de la Iglesia española encomendamos nuestra gente, sus problemas y carencias, sus expectativas y dificultades, al tiempo que le rogamos ayude a nuestra iglesia a servir lo mejor posible al pueblo español.
Si la tradición espurea de que la santa apóstol de los apóstoles, fue prostituta en una vida anterior a la nueva vida de la fe y el seguimiento, ha prendido con tanta fuerza, ¿por qué no lo ha hecho la de que tras el reencuentro con Jesús, ya resucitado, fue ermitaña, orante, contemplativa, mística? Aparte de que, como dice Jane Schaberg en su precioso, incisivo y sugernte estudio "La resurrección de María Magdalena. Leyendas, apócrifos y Testamento cristiano" (Editorial Verbo Divino) ¿y si hubiera sido en realidad prostituta?, ¿por qué repudiarla si Jesús dijo que "las prostitutas irán delante de vosotros al Reino"? Más significativo que la supuesta relegación de María Magdalena por ser mujer, sería la de hacerlo por ser pecadora, por la estigmatización del pecado que siempre recae sobre una de las dos partes que lo cometen. Fuera o no de tal guisa el pasado de la mujer que aparece al principio de la misión de Jesús, en la cruz y como testigo privilegida de la resurrección, hoy destacamos el poso contemplativo que denota la trayectoria de la perseverancia en el seguimiento, el coraje ante la persecución y muerte de su Señor; y el oído nuevo para reconocer al resucitado al escuchar su propio nombre pronunciado por el que la llamó, la liberó y la enviará a anunciar la Pascua del resucitado. Estas tres marcas de la fidelidad y el fervor de Santa María Magdalena bien nos pueden servir como argumento en favor de su carácter místico, tanto como se ha usado aquello de que Jesús la había liberado de siete demonios para apoyar su pasado pecador. Pues pecadora, seguro que lo fue, pues todos lo somos. Pero no todos tenemos una fe tan entregada al amor salvador y curativo de Jeús como para saber descubrirle vencedor sobre la muerte, como fue, por la misericordia y el perdón, vencedor del pecado. Esta lectura más integral del lugar y el significado de la Magdalena en la historia del discipulado y la formación de la comunidad cristiana, debiera ayudarnos a no cejar en el empeño de hacer una Iglesia más acogedora y comprensiva de todas las biografías y carismas, para todas las funciones y ministerios, una Iglesia sinodal, que siempre será una Iglesia que no margina ni por el sexo, ni por el curriculum, sabedora de la vida resplandeciente y sanadora que encontramos en nuestro Señor Jesús: A ti te buscaba Señor.
Ya sea la levadura, el grano de mostaza o la buena semilla que crece junto a la cizaña, el Reino de Dios al que se refieren las parábolas está en movimiento, está vivo y quiere servir a la vida de cada persona y de todo el mundo. Luego habrá enseñanzas particulares que concretan y amplían esta verdad de la transformación y el crecimiento, ya sea la grandeza que encierra lo pequeño, la fertilidad de lo que se da para multiplicarse, o la necesaria paciencia para no interrumpir el necesario proceso de maduración por la ansiedad de separar lo bueno de lo malo, por la falta de reflexión y discernimiento. Pero, antes y por debajo de todas las enseñanzas que nos brindan las parábolas, está esa común sabiduría que aprende de lo orgánico, de las plantas y las estaciones, de la vida cotidiana y los proyectos humanos. Desde nuestra gestación durante nueve meses, hasta la vejez y la muerte, los cambios nos están hablando de una fuerza de vida en constante mutación que, cuando se inserta en la corriente mayor del Reinado de Dios, se convierte en ocasión de reconocer al Dios que nos llamó y que nos espera en todas las etapas de este proceso, incluida la última, que Él convertirá en semilla de eternidad, sólo por su amor y su voluntad paternal de que demos fruto y nada, nadie, se pierda.
No, no podemos exigir la misma velocidad de crecimiento ni los mismos frutos a todas las personas, ignorando las circunstancias, cargas, debilidades y fortalezas de cada trayectoria, siempre única e irrepetible. Para las parroquias, para catequistas, acompañantes y ministros ordenados, que acogemos a personas con historias tan diferentes y demandas marcadas por sus propias peripecias biográficas, las respuestas uniformadas por la norma y la costumbre no pueden ahorrarnos la justa escucha personalizada y difrenciada de cada voz. Los sacramentos, que siguen siendo, y no sólo por la gracia que median, sino también como efecto de la tradición de dos mil años, los hitos más recurrentes de participación en la Iglesia, se ven sometidos a una presión entre la costumbre y la necesaria significación espiritual y teológica. Presión que agobia a quienes han de administrarlos en nombre de la comunidad, sin por ello olvidar que el santo Pueblo de Dios los vive de manera distinta según las particulares situaciones y búsquedas. Los itinerarios no pueden ser impedimento para acoger a todos e intentar ofrecer a todos una semilla que a quien la acoja, si pone de su parte reflexión, perseverancia y el coraje de elegirla frente a otras ofertas, le reportará una cosecha abundante de sentido, luz y gracia salvadora.
LECTURAS 1 Re 19, 9a 11-13a Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Rom 9, 1-5 Mt 14, ...