LECTURAS
- 1 Re 19, 9a 11-13a
- Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
- Rom 9, 1-5
- Mt 14, 22-33 Ánimo soy yo, no temáis
El buen maestro de la espiritualidad sublime del Reino de Dios, Jesús de Nazaret, el Señor, nos ha insistido en que andemos por la vida despiertos, que estemos atentos, vigilantes, receptivos y en busca permanente. Ese es el requisito previo para encontrar el tesoro, la perla fina. Pero, no menos importante para esta espiritualidad de la búsqueda y la exploración del sentido definitivo de la existencia, es el esfuerzo constante por apropiarnos lo hallado, de vivir lo encontrado, de disfrutar lo que se nos ha dado y aprovechar el poso de paz, esperanza y amor que nos reporta el tesoro del Evangelio. Porque en cuanto a este preciado bien que es la generosa oferta por parte de Dios de entrar en comunión con su vida divina, no se trata de saberse de memoria la ruta, o de contar con un mapa perfecto, con un navegador de última generación, sino de ponérnoslo como traje de fiesta, de sentirlo igual que el aire que respiramos, degustarlo y alimentarnos con su fuerza, su deliciosa vida compartida, su incomparable experiencia de serenidad y gratitud. No es que nos vayamos a librar de problemas, preocupaciones y sinsabores, que eso va de sí con la condición humana, pero tendremos la consistencia de sentirnos apoyados sobre el firme inconmovible de la apuesta de Dios por nosotros. Vendrán dolores y contratiempos, y aún así, como parte de este tesoro de la fe, oteamos y pregustamos una vida más plena que, anticipada por la contemplación y en el amor fraterno, es dicha completa en la eternidad de Dios.
Ya sea la levadura, el grano de mostaza o la buena semilla que crece junto a la cizaña, el Reino de Dios al que se refieren las parábolas está en movimiento, está vivo y quiere servir a la vida de cada persona y de todo el mundo. Luego habrá enseñanzas particulares que concretan y amplían esta verdad de la transformación y el crecimiento, ya sea la grandeza que encierra lo pequeño, la fertilidad de lo que se da para multiplicarse, o la necesaria paciencia para no interrumpir el necesario proceso de maduración por la ansiedad de separar lo bueno de lo malo, por la falta de reflexión y discernimiento. Pero, antes y por debajo de todas las enseñanzas que nos brindan las parábolas, está esa común sabiduría que aprende de lo orgánico, de las plantas y las estaciones, de la vida cotidiana y los proyectos humanos. Desde nuestra gestación durante nueve meses, hasta la vejez y la muerte, los cambios nos están hablando de una fuerza de vida en constante mutación que, cuando se inserta en la corriente mayor del Reinado de Dios, se convierte en ocasión de reconocer al Dios que nos llamó y que nos espera en todas las etapas de este proceso, incluida la última, que Él convertirá en semilla de eternidad, sólo por su amor y su voluntad paternal de que demos fruto y nada, nadie, se pierda.
No, no podemos exigir la misma velocidad de crecimiento ni los mismos frutos a todas las personas, ignorando las circunstancias, cargas, debilidades y fortalezas de cada trayectoria, siempre única e irrepetible. Para las parroquias, para catequistas, acompañantes y ministros ordenados, que acogemos a personas con historias tan diferentes y demandas marcadas por sus propias peripecias biográficas, las respuestas uniformadas por la norma y la costumbre no pueden ahorrarnos la justa escucha personalizada y difrenciada de cada voz. Los sacramentos, que siguen siendo, y no sólo por la gracia que median, sino también como efecto de la tradición de dos mil años, los hitos más recurrentes de participación en la Iglesia, se ven sometidos a una presión entre la costumbre y la necesaria significación espiritual y teológica. Presión que agobia a quienes han de administrarlos en nombre de la comunidad, sin por ello olvidar que el santo Pueblo de Dios los vive de manera distinta según las particulares situaciones y búsquedas. Los itinerarios no pueden ser impedimento para acoger a todos e intentar ofrecer a todos una semilla que a quien la acoja, si pone de su parte reflexión, perseverancia y el coraje de elegirla frente a otras ofertas, le reportará una cosecha abundante de sentido, luz y gracia salvadora.
En el evangelio de Lucas, este pasaje, que bebe de la fuente común que comparten Mateo y Lucas (fuente Q), está en un contexto de acción de gracias por parte de Jesús, motivada por la acción del Espíritu desplegada en la acción de sus discípulos. Es una alabanza a Dios por la misión realizada por los que el propio Jesús ha enviado para anunciar y hacer presente el Reino de Dios: Lc 10, 1 - 24. En san Mateo, sin embargo, aunque también está presente el envío de los discípulos, la justificación próxima de esta plegaria de Jesús, es una respuesta de contraste al rechazo del anuncio del Evangelio por parte de los judíos. En ambos casos, el centro de la bendición de Jesús es que Dios se deja reconocer por los sencillos, se muestra a la fe de quienes acaban fiándose de la gracia salvadora del Padre. Y, por eso mismo, el sentido último de la acción evangelizadora es manifestar el consuelo y la compasión divinas para quienes más lo necesitan porque más débiles, cansados y agobiados están. No puede ser que hoy, la misión evangelizadora de Jesús se quede en normas o aspire sólo al número y manifestaciones aparatosas, triunfalistas, que no por más impactantes en lo mediático son mejores ni más significativas de la verdadera fe y la calidad de la conversión que muestran. Son la debilidad, la pobreza material y el hambre de sentido y dignidad de los destinatarios del Evangelio los verdaderos indicadores de la autenticidad y fidelidad de la acción evangelizadora. En ellos hay que poner la mirada. Sólo la escucha compasiva del grito, tantas veces mudo, de las ovejas sin pastor, puede poner en contacto la verdad curativa del Evangelio con sus originarios depositarios . Lo demás puede ser no más que parafernalia y pompas de jabón, tal vez emotivamente impactantes pero inútiles como la medicina para el que no está enfermo.
El uno conoció a Jesús en la primera hora, le siguió desde Galilea, tuvo ocasion de confesarlo como Mesías, como Hijo de Dios, pero también de negarle en la hora suprema. El otro se encontró con Cristo ya resucitado, siendo él perseguidor de los cristianos, reconoció que Pedro era uno de los pilares de la Iglesia, pero asumió una misión que profundizaba y ampliaba el horizonte de la evangelización todavía pegada al judaismo y sus normas. Ambos llamados y enviados. Los dos darán testimonio de sus respectivas fidelidades y coherencias con la vida. Los santos Pedro y Pablo, en su celebración conjunta, son la fundamentación vital e imerecedera del carácter sinodal, comunitario y colegial de la Iglesia, de sus ministerios y su manera de anunciar el Evangelio.
El Nuevo Testamento, tanto en los Hechos de los Apóstoles 15 como en las cartas de San Pablo (Gal 2), nos da conocer la relación eclesial (inserta en la Iglesia) y eclesiológica (que fundamenta qué es y cómo se hace Iglesia) entre los apóstoles san Pedro y san Pablo. Está también esa preciosa y matizada referencia a las cartas de san Pablo en 2Pe 3, 15 - 16. Una relación basada en la común llamada del Señor (aunque en formatos y tiempos diferentes para el uno y el otro) para la misión también común de anunciar el Evangelio; y en la diversidad (pluralidad) de reflexiones y propuestas para llevar a cabo esa común misión. Siendo uno el Señor, la fe en Él y el bautismo que sella esa fe, Pedro y Pablo representan que la Iglesia aprendió a vivir la unidad y la comunión sin suprimir las diferencias y las discrepancias. Por eso, celebrarlos juntos es siempre una invitación a acoger la realidad plural de la Iglesia en el momento que nos ha tocado vivir en ella y aportar, desde las legítimas opciones y compromisos, el esfuerzo por mantenernos unidos en lo que es más fuerte que la tentación de negar al otro y optar por el aislamiento y la ruptura. Una Iglesia sinodal no diluye la diversidad en el camuflaje de la imposición de la uniformidad como comunión. La comunión sinodal exige que todas las partes sepan reconocerse mutuamente, valorarse fraternalmente y aceptar que, unidos en el seguimiento de Cristo y la edificación de la Iglesia, sin embargo, tendrán diferencias que deben dejar de molestarnos, sino animarnos siempre a la auto revisión y la conversión constante al Evangelio.
En el evangelio de Mateo, precedidos por introducciones narrativas y complementados con milagros, las enseñanzas de Jesús se distribuyen en cinco grandes discursos. Dicen los que saben de la Biblia que, con esta composición en cinco grandes compendios de la predicación de Jesús, Mateo quiere decirnos que Jesús es el nuevo Moisés (la Torá o Pentateuco tiene cinco libros) y su mensaje la nueva ley. El primero de estos cinco discuros (Mt 5 - 7) compendia la proclamación del Reino de Dios y la nueva vida que exige, es el "sermón del monte" . El tercer discurso agrupa las principales parábolas como expresión sapiencial del Reino (Mt 13). El cuarto discurso, llamado a veces "discurso eclesial", profuendiza su propuesta de comunidad en la línea de las relaciones fraternales y del servicio como razón de ser de las funciones dentro de la comunidad. Y el quinto discurso, es el escatológico, que dibuja el horizonte trascendente y recapitulador de la vida y la misión cristiana (Mt 23-25).
El evangelio de hoy está enmarcado en el que sería el segundo discurso, que comprende todo el capítulo 10 y que está dedicado a instrucciones para los enviados, instrucciones para la misión. La fuente principal de todo el capítulo y de este evangelio es la llamada Q (dichos compartidos por Mateo y Lucas que no aparecen, al menos de forma explícita, en Marcos). Tras la elección de los doce (que vimos hace dos domingos) motivada por la situación de necesidad de luz y acompañamiento de los destinatarios de la misión, que andan "como ovejas sin pastor", el Señor da a los enviados, a los misioneros, un auténtico manual de la misión, un libro de estilo basado en la sobriedad de los medios, la confianza en Dios y en quien los envía. Al final de estas recomendaciones sobre cómo llevar a cabo el anuncio del Evangelio, Jesús culmina con tres dichos sobre la radicalidad de le dedicación que exigen la misión (tomar la cruz y no mirar atrás) y el premio para quienes la reciben. Es curioso que la proporcionalidad de la recompensa para quienes acojan el Evangelio como profetas o como justos (Mt 10, 41), es exclusiva de Mateo y distingue entre posibles destinatarios que ya están en la vía del seguimiento y todas las personas de buena voluntad.
En un contexto de Iglesia en salida, que retoma su configuración sinodal (comunitaria y colegial) y se centra en el Evangelio como contenido y forma de su propia misión, este texto, apunta a la seriedad, pasión e integridad que exige el Evangelio para ser anunciado de forma creíble. Nos lo podemos tomar como una descorazonadora aspiración de máximos que siempre nos dejan pequeños y con la sensación de incoherencia, o como una invitación a no dejar de considerar que es Dios quien da las fuerzas, sin dejar por ello nosotros, de aportar nuestra más pura intención de ser fieles a lo esencial del Evangelio y al modo servicial de ser evangelizadores.
No está hablando Jesús, en su premonición de que todo se sabrá, de cosas banales, de fruslerías y chascarrillos, de pecados y pecadillos. Habla de lo que merece la pena saberse porque nos va en ello la vida. Habla Jesús y nos pide que también nosotros lo comuniquemos, de la vida que no muere con la muerte del cuerpo, de la fortaleza y grandeza de lo humano que se sobreponen a nuestra finitud y contigencia. Habla Jesús de lo que Dios quiere compartir con nosotros y que sobrepuja toda riqueza y sabiduría. El Señor, con el anuncio del Reino de Dios, que principia en su predicación con palabras y obras, nos revela el sentido último del misterio de la vida, sentido que es una experiencia y no una mera idea: que Dios, su Padre y Padre nuestro, puede y quiere compartir su ilimitada ternura con nosotros. Por eso bien merece la pena vencer los miedos y vivir con la gratitud y amplitud de miras de quien se sabe llamado a tan alta aspiración. Sólo nosotros podemos oponernos a esta oferta, sólo nuestra libertad puede rehusarla, eso es lo que significa la advertencia final, "si me negáis, yo también os negaré", porque sólo afirmando con la vida y coherencia de la fe se hace realidad lo que creemos y se goza lo prometido. Esa es nuestra suprema responsabilidad, nuestra decisiva autoridad sobre nuestro destino.
La lista de los 12, con pequeñas variantes, aparece, además de aquí (Mt 10, 2 - 4), en Mc 3, 16 - 19; Lc 6, 14 - 16 y Hch 1, 13. Pero, antes de darnos el elenco de los elegidos entre el discipulado más amplio de Jesús, para ser el signo visible, profético, del nuevo Israel, Mateo nos habla de la motivación de esta misión o envío de sus discípulos: el pueblo anda perdido, necesita pastores, que lo cuide y que sane a los oprimidos por el mal. La misión evangelizadora no es, al decir del papa Francisco, "auto referencial", sino respuesta a las necesidades más profundas y acuciantes de los destinatarios de la Buena Nueva. Los enviados lo son para servir, curar y liberar. Los doce representan un nuevo Pueblo de Dios que, al contar con la fuerza liberadora del Evangelio, expresada con la pobreza de medios y la gratuidad del servicio prestado, tiene un alcance universal, un horizonte que supera la estrechez de la consideración nacionalista y excluyente de Israel, puesto que ese pueblo elegido no ha logrado alcanzar para los que más lo precisan la bondad y bienestar que Dios quiere para todos sus hijos.
Por eso, hoy no podemos volver a recaer en la vieja tentación de un "neo confesionalismo" o cristianismo de cristiandad que fíe al poder de los recursos y a los resultados masivos y mediáticos el éxito o fracaso de la acción evangelizadora. La humildad y la gratuidad que Jesús pide para el ejercicio de la misión que encomienda a los enviados es incompatible con el proselitismo, más o menos encubierto, la manipulación de cualquier tipo (incluido el emotivismo criticado por la instrución de los Obispos Cor ad cor loquitur) y un sensacionalismo populista que confunda el encomiable arraigo del catolicismo en nuestra cultura, con la supeditación de la novedad del evangelio a la costumbre y lo estético. Una vez más, para responder al encargo que nos hace el Señor que llama, acompaña y envía, hemos de mirar con él a nuestros hermanos, reconocer sus carencias, conectar con sus necesidades y, más allá de la moda y los "trakings" de audiencia, por encima de la visibilidad efímera de las redes y las estadísticas, mediar con nuestro servicio evangelizador la liberación plena que sólo el espíritu de Cristo puede suscitar aquí y ahora para todos, pues todos la necesitamos.
Las referencias al éxodo, travesía, hambre, pan bajado del cielo, cruzar el mar (aquí el lago de Tiberiades) hacen del capítulo 6 de Juan mucho más que el relato de la multiplicación de los panes y los peces. Con ser este el único milagro que comparten los cuatro evangelios, el evangelista Juan lo trasciende en la reflexión que Jesús hace sobre las búsquedas de los que le siguen y la oferta que Él nos propone. Porque en este éxodo ya no se trata de una tierra prometida que tenga lugar en ningún mapa, ni de un alimento físico que calme el hambre del cuerpo. Jesús, como enviado del Padre, donde nos lleva es a la tierra prometida de la vida que no perece, de la vida auténtica. Y el alimento para la travesía es también vida, la vida del propio Jesús que se entrega porque no muramos, no ya para que sobrevivamos, sino para compartir el amor incesante de Dios, que es el verdadero origen, fin y sustento de la vida que vence a la muerte. Frente a búsquedas y preguntas de mirada corta e intereses inmediatos, el Pan vivo bajado del cielo, la vida entregada del que antes ha repartido panes y peces, pero ahora se ofrece a sí mismo como alimento imperecedero, nos quiere hacer mirar más alto y pretender más, mucho más que lo ansiado por la necesidad perentoria, pero que no satisface la aspiración superior de vivir con Dios.
Y si todo eso es lo que sacramentalmente significa y hace presente la Eucaristía, entonces, junto a la comunión con la vida entregada de Cristo y, por ella, con el amor de Dios que ha motivado y acogido esa entrega, la Eucaristía es también el pacto de Dios por la vida. Dice Jesús: "el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo", por nuestra vida, la de todos, también y primero la vida de los que tienen hambre de pan, trabajo y dignidad. Porque antes de que hiciera la reflexión sobre el pan de vida, dio de comer a los que tenían hambre. Y solo después de saciar ésta, puede con razón abrirles los ojos del alma para que descubran esta otra hambre y puedan también calmarla con su único alimento posible, Dios mismo. La intención que mueve toda la vida de Jesús, en fidelidad a la voluntad del Padre es que tengamos vida, aquí y ahora, para gozarla también después y siempre. La acción socio caritativa de la Iglesia, que ejemplificamos hoy de manera especial con el trabajo y los proyectos de Cáritas, responden a ese pacto de Dios por la vida. La Iglesia que vive de la Eucaristía, que sabe y anuncia la vida verdadera que nos da la comunión con Cristo, es también la Iglesia que con Cristo, por la vida del mundo, por el sentido pleno de la Eucaristía, debe procurar la solidaridad con los que carecen de lo necesario, la promoción de la dignidad completa de las personas incluidos los inmigrantes, la propuesta de una economía más justa, de un estilo de vida más generoso y menos egoísta. Y así, ni podemos separar lo divino de lo humano en Cristo, ni lo espiritual de lo social en la Eucaristía que nos vincula con la vida nueva de Cristo, que está "por la vida del mundo".
El fin de toda la vida de Jesús, porque es la intención misma del Padre al enviarlo como revelación suya, es que "el mundo se salve por él". Por eso no puede ser el temor al infierno lo que motive nuestra fe y seguimiento cristianos, porque siendo tan grande el don que nos procura de parte del Padre, la vida plena, hay suficientes motivos positivos para gozar de su gratuidad, antes que hacerlo por miedo a la condenación. Y, por la misma razón, que es la razón de todas las razones, el fin primero y supremo, nuestra respuesta creyente a la invitación de Cristo, no puede ser a medias, ni contentarse con meros cumplimientos cultuales o morales. Al que la vida misma nos regala, sólo con toda la vida podemos responderle. Tenemos que recuperar la salvación (como diría Torres Queiruga) de una concepción meramente quirúrgica: amputar lo que nos pueda devenir en muerte eterna. A cambio, en plena coherencia con el contenido y la intención de la comunicación de Dios con nosotros, de su motivación salvívica, saludable, podemos ver y vivir la salvación como la dulce experiencia de convivir con el amor que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es, gustar su amable convivencia y disfrutar de la luz y el sentido que le dan a todas nuestras horas presentes, antes de ser eternidad.
Esta esperanzadora vivencia de la fe como frución de la salvación exige, para gustarla en toda su anchura y profundidad, desarrollar y poner en práctica nuestra capacidad contemplativa. No sólo porque Dios, uno y trino, sea misterio, que lo es y en grado superlativo, sino porque siendo su voluntad que entremos en comunión con su amor, hemos de practicar la atención de los sentidos corporales y espirituales para sentirlo a cada paso, en cada hora, en todas las sensaciones y sentimientos que se enhebran en nuestra vida cotidiana. Suena místico, pero la fe, tal y como nos la propone el Hijo de Dios, es mística, en un sentido que no es privativo de unas pocas personas sino de todos los que crean en el Dios de Jesucristo y viva lo que creen como Él lo vivió y nos enseñó a vivirlo.
No abolir, sino dar plenitud. Así resuelve el evangelista Mateo la tensión difícil, pero creativa, que hay entre Jesús y la ley de Moisés, entre la letra y el espíritu, entre la antigua y la nueva alianza. Se trata de una tensión que los biblistas califican como de ruptura y continuidad. Hay continuidad en el sentido último de las normas: ayudar a vivir la voluntad salvadora de Dios. Pero también hay ruptura, superación o "plenitud" en la superioridad del horizonte sobre la norma, del fin sobre el medio, de la complicidad con la misericordia divina sobre el mero cumplimiento legalista. Esta tensión de perfeccionamiento y profundización supone una mística y una disciplina: la mística de la experimentación del amor de Dios que da antes de pedir; la disciplina de la continua aspiración al máximo nivel personal de generosidad, autenticidad y gratuidad. Cuándo nos preguntamos si un sacramento vale, o si es pecado esto o aquello, seguimos todavía midiendo con la estrechez de miras de un moralismo utilitario y mecanicista, y no con la extensión de expectativas de realización del máximo de humanidad que Jesús nos propone. Mientras que, con esta tensión del "pero yo os digo" de Jesús, estamos en el nivel siguiente a una moral de supervivencia y justificación, para pasar al nivel de una moral de máximos, los que formularan las Bienaventuranzas que son el frontispicio y fundamentación de esta nueva ley que Mateo agrupará en los capítulos 5 - 7 de su evangelio. Puesto que de plenitud se trata, no debiéramos contentarnos con una respuesta rácana, sino con el esfuerzo que esté a la altura de la oferta, que es mucho más de lo que pudiéramos aspirar.
Con la misma humildad, que es realismo sincero, con la que san Pablo reconoce "débil y temblando de miedo", hemos de reconocer, como humanos que somos, nuestra interna fragilidad, nuestra tendencia al extravío, lo susceptibles que somos al pecado y la negación de Dios y su proyecto para con nosotros. Y aún así, el Señor Jesús, que también sabe de nuestra pequeñez e inestabilidad, dice que somos sal y luz, que valemos mucho, que podemos más, que tenemos un destino de eternidad que es Dios. Pero con la sabiduría que le caracteriza como maestro y acompañante de los que le siguen y escuchan, también nos advierte de la necesidad de darle a todo lo valioso que somos y tenemos su verdadero sentido: ser para los demás, tener con los otros. Y así, la propuesta un año más de Manos Unidas, para que nos sumemos a sus proyectos solidarios, se conviernte en mucho más que una obra buena y generosa. Pues se trata de que lo que somos y podemos alumbre, sirva, contribuya a que las bienaventuranzas prometidas para el futuro de plenitud empiecen a ser realidad aquí y ahora. Pero no se trata de mero voluntarismo, sino de la interna coherencia que hay entre el bien que nos habita y su puesta en práctica en el amor, la fraternidad y la caridad. Como los ríos tienden a la mar, la sal y luz que Cristo nos invita a reconocer de la impronta divina que llevamos inscrita en nuestras almas, tienden al servicio, el compromiso y la solidaria corresponsabilidad.
Íntimamente conectado con el corazón misericordioso del Padre, Jesús, al ver en la multitud el sufrimiento, la desolación y las ansias de justicia y liberación, otea una vida diferente, que es la que Dios quiere para todos sus hijos. Las bienaventuranzas tienen esa triple función de analizar y denunciar la realidad; prometer y alentar la esperanza en la plenitud que sólo Dios nos puede dar y suscitar la inquietud que movilice un compromiso solidario para que los bienaventurados puedan serlo ya en este teimpo presente.
Las bienaventuranzas nos han sido transmitidas por la fuente común a Mateo y Lucas. Si bien, cada evangelista las ha trabajado en orden a su propio programa catequético. En Lucas son sólo cuatro bienaventuranzas: los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos por seguir a Jesús. Son proclamadas en un llano, después de bajar Jesús y sus discípulos de un monte donde se habían retirado para orar. En el valle, Jesús se reencuentra con la realidad de la multitud aquejada por innumerables dolencias, todos intentan tocarle porque de Él sale una fuerza curativa. Y, a diferencia de Mateo, inspirándose en los profetas (Is 5, 8-25; Hab 2, 6ss) proclama las "malaventuranzas", que son también cuatro advertencias contra los que viven saciados de sí mismos: ricos, hartos, "autocomplacientes", bien vistos por todos. Y es que Lucas, que intenta aterrizar en valores sociales y compromisos efectivos la opción por el Reino de Dios, intenta aclarar pedagógicamente que esa opción supone renunciar y oponerse a lo que contradice el espíritu del Evangelio: el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia.
En Mateo, las Bienaventuranzas están en el comienzo del sermón del monte, primero de los cinco grandes discursos, con los que el escriba versado en la Escritura que es este evangelista, quiere presentar a Jesús como el nuevo Moisés que proclama la nueva alianza. Primero, Jesús ve a la multitud, reconoce en ella a los bienaventurados, después, sube al monte (como Moisés subiera al Sinaí para recoger las tablas de la Ley) y allí pronuncia las nueve bienaventuranzas: pobres en el espíritu ("los que tienen espíritu de pobres" traduce la versión Cantera - Iglesias), los mansos, los que lloran, los que tienen hambre de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia y los perseguidos en su nombre. Se trata de un cuadro más completo que el de Lucas, con una diversificación en situaciones sociales y actitudes morales, en realidades de opresión y los valores afines al Reino de Dios. La mejor comprensión de las bienaventuranzas según san Mateo exigiría que leyéramos también la imagen que las completa, la imagen de la sal y la luz (Mt 5, 13 - 16). Pues es ese caudal que somos y portamos, positivo, aunque frágil, lo que nos puede ayudar a vivir como bienaventurados procurando la dicha para los que fueron desposeídos; y compartiendo la felicidad de los que ya son dichosos porque compartieron con Dios su espíritu de bondad y gratuidad.
Los primeros cristianos, entre ellos los propios evangelistas, para intepretar lo que ha ocurrido en Jesús, lo que significa su vida y mensaje, y quién es en realidad, acuden a la fe de Israel. Con el profeta Isaías (Is 8, 23 - 9,1), que es el libro del Antiguo Testamento más citado en los evangelios (unas 30 citas, y de ellas, la mitad en el primer evangelio), Mateo identifica al profeta de Nazaret y su mensaje como la luz prometida por Dios para alumbrar a su pueblo en medio de las tinieblas. Pero, además, el evangelista más versado en las Sagradas Escrituras, tanto por el número de citas como por su opción por la continuidad (no exenta de superación y trascendencia: Mt 5,17) entre Jesús y la Ley, nos precisa en qué sentido Cristo es la gran luz que brilló para los que habitaban en sombras de muerte. Jesús de Nazaret, que ha estado en el desierto de Judea (bautismo y tentaciones del desierto), tras el arresto del Bautista vuelve a Galilea y alli inicia su misión evangelizadora. Para el escriba y apóstol que es Mateo, esta misión brilla porque: anuncia la cercanía del Reino de Dios; porque llama a quienes colaborarán con él en ese anuncio esperanzador y por la acción curativa de sanar a los enfermos. Predicación, apostolado y sanación son los resplandores de esta ráfaga de claridad que disipa las visiones fatalistas y oscurantistas de la vida y de Dios. La vida no es absurda, porque Dios está cerca a través de la predicación del evangelio y de quienes lo proclaman, y porque el deseo último de Dios para todos es la salud, la verdad, la plenitud... la salvación.
Si Cristo, y con los evangelios creemos que sí, es la luz que profetizó Isaías, entonces, escuchar su palabra transmitida como Palabra de Dios, reportará no poca claridad y orientación a nuestros ojos cansados, anheladas fuerzas a nuestro desanimados corazones. Por eso, la meditación asidua, personal y comunitaria, de las Sagradas Escrituras se convierte en una fuente permanente de inspiración, interpelación y sustento espiritual. Es hora de tomar la Biblia, sacarla del estante, ponerla sobre la mesa, y con ánimo orante, con disposición generosa, dejar que nos abra horizontes y nos marque la ruta.
Lo primero que sí sabe bien Juan Bautista es que él no es el mesías, que no es el profeta esperado (Jn 1, 19 - 28). Y ese autoconocimiento es esencial para poder encontrar lo que le supera a uno, lo que trasciende y desborda las propias capacidades y realiza lo esperado. El que sabe quien no es, puede reconocer con más sinceridad y clarividencia a quienes sí lo son. La primera condición para comprender la verdadera identidad y misión de Jesús en nuestra vida, lo que nos puede aportar si lo aceptamos en su propia realidad, es que nos conozcamos y que seamos conscientes de lo que no sabemos, de lo que todavía estamos buscando. El que se conoce bien tiene preguntas, porque también es consciente de lo que no sabe.
El Bautista sabe lo que no es, pero también sabe que hay alguien que es más porque responde a lo que, en fidelidad a la esperanza de Israel, puede cumplir las máximas expectativas de vida y verdad. Por eso podrá dar testimonio de Jesús como cordero de Dios. Pero, ¿qué ha visto Juan en Jesús?, le ha visto abierto al Espíritu, dócil a la voluntad de Dios y confiado en su plan divino hasta el punto de que, como dirá en el pasaje del Bautismo: "conviene que cumplamos lo que es justo". Esta disposición a ponerse en manos de Dios es el poder que el Bautista detecta como acción del Espíritu Santo y le permite reconocerlo como cordero de Dios. Descubrir lo que según el plan de Dios es justo, conveniente o necesario para nosotros sería nuestro bautismo de adultos, nuestra segunda conversión, la que después de lo aprendido y heredado da paso a lo elegido como nuestra verdadera oportunidad de ser quienes estamos llamados a ser por la gracia de Dios.
En esa conformidad que muestra Jesús con los tiempos y la secuencia de los acontecimientos que hacen historia, "convien que hagamos ahora lo que es justo", Jesús está afirmando su plena disponibilidad a formar parte de una historia que viene de muy atrás y va mucho más allá de su propia muerte. Son los planes de Dios, es la voluntad divina de salvación lo que conviene que se cumpla y que nosotros asumamos nuestra parte en ella. Y para que Jesús, como cada persona que ha vivido en el mundo, pueda responder con todas sus capacidades, libertad y entendimiento pleno de las consecuencias, es menester soltar amarras, salir, buscar, ir más allá de lo recibido y aprendido. Para Jesús eso supone la singladura evangelizadora por Galilea, la formación de una comunidad, el enfrentamiento con las resistencias propias y ajenas a los sueños divinos de misericordia y plenitud. El Bautismo, como después las tentaciones del desierto, están condensando de manera programática, y por eso mismo catequética, todo un proceso que no empieza ahora ni culmina con el gesto, el símbolo y la confirmación profética. Es un proceso que todavía tiene que desarrollar sus recursos, contrastar las dificultades y dar los pasos que no tienen un camino totalmente trazado, que exige crear y descubrir. Con este arranque de la misión de Jesús y de su necesaria preparación para ella, debiéramos echar los ojos atrás, ver los pasos que nos trajeron hasta aquí y evaluar las nuevas decisiones que nuestra propia vocación plantea a cada nuevo recodo del camino. Él, va delante y nos anima a no estancarnos.
El bueno de Lucas, siempre dispuesto a suavizar y usar de la misericordia para aliviar las aristas y los rasgos más amargos de su narración, no quiere que Jesús muera sin tan siquiera una muestra de apoyo y solidaridad. Será un ladrón, otro ajusticiado, pero a aquél que iba con pecadores, que dijo de su preferencia curativa por los que necesitan del médico y no por los sanos que no lo precisan, no se sentirá incómodo por la procedencia ni el expediente del que ahora, muriendo a su lado, lo reconoce como el que puede salvar, el que puede trascender el muro que levantará la muerte y el odio que levantó ese muro. Y para él, ladrón y ajusticiado, es su última gracia, su postrer anuncio, la confirmación de todas las profecías proclamadas en su misión evangelizadora: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".
El reinado de Cristo desde el trono patibulario de la cruz es el triunfo de la generosidad que sabe del sentido único de lo que somos, sabemos y tenemos: darnos. Por eso, las burlas descreídas de los magistrados, soldados y el otro ladón coinciden en la dirección opuesta a la que Cristo ha encaminado sus pasos: "sálvate a ti mismo", vive para ti, haz del ego y lo mío tu verdadero rey. Pero el Señor ha vivido para los demás, por los pobres y enfermos que somos todos;por los pecadores, que también somos todos. Es la existencia "cántaro" de la que hablaba el papa Francisco, la que se llena para derramarse en la caridad. El último domingo del año litúrgico proclamamos el amor de la existencia proactiva, para los demás, que fue la de Jesucristo y que fue la que él nos propuso para vencer las muertes anticipadas del egoísmo y la última también.
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