LECTURAS
- Is 55, 6-9. Mis planes no son vuestros planes.
- Sal 144. R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
- Flp 1, 20c-24. 27a. Para mí la vida es Cristo.
- Mt 20, 1-16. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
La radicalidad del perdón y la comunidad de bienes nace de la mayor radicalidad del amor y la misericordia de Dios. No es un mero mandamiento, un deber moral, sino la expresión de la sabiduría de quien ha experimentado en carne propia que Dios es amor y, por eso y nada más, nos llama, nos elige, nos acompaña, nos perdona y nos espera siempre. Por eso, la práctica cristiana del mandamiento del amor fraterno y su correlato necesario del perdón del hermano, sólo puede exigirse y cumplirse sobre la sólida base de haber sido amado y perdonado. Sin el anuncio y la contemplación de esta bondad divina ("¿vas a tener envidia porque soy bueno?") la propuesta de la reconciliación que supera desavenencias y agravios sería una saludable recomendación, un compromiso esforzado y muy sacrificado, siempre meritorio hasta casi el martirio, pero sin la savia que lo puede alimentar y posibilitar. Como hizo el pobre de Asís, hemos de sumergirnos, aún entre las dudas y sufrimientos de las crisis de fe y de sentido, en la inmensidad del amor del Padre bueno que quiere compartir su divina sabiduría: sólo dándonos acabamos poseyendo el mayor bien, el que nos hace cómplices de Dios, el amor, la bondad y la afabilidad. Y sólo por amor y bondad, siempre por medios afables, podremos superar las imágenes, expectativas y temores que nos impiden vivir la vida como un regalo y las propias fuerzas y cualidades como una inestimable posibilidad de compartir, en lugar de envidiar con resentimiento o despreciar por condescendiente, que Dios es bueno.
Tras el discurso eclesial del capítulo 18, que sustituye para la comunidad de los seguidores de Cristo la ambición y el poder por la fraternidad reconciliada y reconciliadora, el evangelio según san Mateo narra la marcha de Jesús a Judea, hacia Jerusalén (capítulo 19). Aquí, en controversia con la tradición y sus representantes, se ponen de manifiesto las diferencias entre la moral de máximos del Reino y una vivencia formalista de los mandamientos de Moisés. Esta moral de máximos (el "semper magis" de San Ignacio de Loyola) que da plenitud, por la vía de la recta intención y la aspiración a una mayor autenticidad, a la Ley y los Profetas, tiene como colofón el seguimiento de Jesús por encima y más allá de todo lo que nos ate o extravíe, de cuanto nos endiose o entretenga. Y como ejemplo de esta vía de excelencia moral y experiencia espiritual de total libertad para ser de Dios y sólo de Él, la parábola de la contratación de operarios para la viña del Señor (Mt 20, 1-16). Relato de la apertura total de la oferta divina a todos y la consecuente superación de exclusivismos y tentaciones elitistas que se basan en la falacia de la superioridad adquirida por la pertenencia a la religión y la autocomplacencia identitaria. Todo un aviso para quienes, con el deseo de servir a Dios y su voluntad, nos creamos mejores y a salvo de autoengañarnos cambiando su amor incondicional por nuestros méritos cicateros. Pero también una gozosa afirmación de que siempre hay otra oportunidad de enrolarnos en la hacienda fecunda y generosa del Reino de Dios. Y de paso, acorde con el universalismo a duras penas aprendido y propagado por el evangelista publicano y experto en la Escrituras, la sugerencia de superar los instintos xenófobos, racistas y clasistas que rechazan al otro por ser otro, por no ser nosotros.

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