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domingo, 20 de septiembre de 2026

DOMINGO 27 DE SEPTIEMBRE: XXVI DE TIEMPO ORDINARIO. JORNADA DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO



Mensaje del papa León XIV para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

La entrada masiva de personas extranjeras en Ceuta el pasado 30 de julio (unas 70.000), ha supuesto una crisis tanto en la ciudad autónoma como en el resto de España. Una crisis humanitaria, política y diplomática, con innumerables consecuencias, sobre todo las muertes que lamentamos por encima de cualquier otra consideración, pero también consecuencias sociales, económicas y culturales, pues la cultura se hace en la convivencia, se nutre de valores, ideas, principios, miedos y prejuicios compartidos. Y hay que dar respuestas a todos los que se ven afectados por esta situación. Empezando por la población ceutí que sufre en primera instancia la presión de esta aglomeración humana, con la ruptura de su justa y legítima normalidad ciudadana. Y a los inmigrantes y refugiados, que por encima de la ilegalidad de su entrada en tierras españolas, se encuentran ya dentro del amparo de una legislación que todos queremos sea garante de la dignidad y la igualdad, de la solidaridad y el respeto a los derechos humanos. No podemos querer y preciarnos de ser democráticos y justos para luego pedir que la ley no se aplique y los derechos no se salvaguarden. Lo cual no quita ni contradice, como ha reconocido el papa León XIV, el legítimo derecho de los Estados a defender su integridad territorial y la estabilidad para su población. La utilización política del hecho, tanto en su origen por parte de Marruecos que ha utilizado la población como arma de presión, como en su destino, por la conversión del incidente en leña para atizar un motivo electoralista, el miedo a las inmigraciones, ya caldeado de antemano aquí como en toda Europa, puede empañar la realidad inmediata de la atención a las necesidades básicas de tanta gente. En la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, en la Iglesia abogamos por la necesaria solidaridad con los pequeños, así como por la progresiva realización de un marco de migraciones reguladas que salvaguarde la vida y la dignidad de todos, los que hayan de llegar y los que hemos de acogerlos.

LECTURAS

  • Ez 18, 25-28. Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su propia vida.- Sal 24. R. Recuerda, Señor, tu ternura.
  • Flp 2, 1-11. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
  • Mt 21, 28-32. Se arrepintió y fue. Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios.

Mateo era publicano (Mt 9, 9 - 13) y, seguramente, escriba, experto en las Escrituras: es el evangelista que más las cita: 44 citas literales y unas 77 alusiones, frente a 18, 20 y 14 de Marcos, Lucas y Juan, respectivamente. Por eso es también el evangelista al que más le cuesta la ruptura, por la vía de la superación o cumplimiento, de Jesús con la Ley. En la tensión de continuidad y ruptura que marca la relación del profeta de Nazaret, del Hijo del Hombre, con lo que "sabéis que está escrito", Mateo no deja de resaltar la continuidad: "antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" (Mt 5, 17 - 19). Por eso mismo, es de más valor su afirmación de la universalidad de la intención salvadora de Dios. Puede que su condición de publicano (cobrador de impuestos al servicio de Roma) chocara en su interior con la de conocedor de las Escrituras, pero había encontrado la manera de compartir ambas condiciones, luego era un experto en lograr compromisos entre contrarios. Y tal vez por esa íntima contradicción, podía explorar mejor, de forma más audaz, la posibilidad de que, sin echar por la borda la fidelidad a la tradición de Israel expresada de forma vinculante en la Ley y los Profetas, Jesús hubiera supuesto y predicado su desbordamiento desde dentro (la pureza de intención en el cumplimiento de los preceptos divinos) y hacia su horizonte más pleno: el destino salvífico universal del plan de Dios.

En este contexto de la universalidad salvífica del Reino de Dios predicado por Jesús de Nazaret e iniciado con su vida, muerte y resurrección, la liturgia dominical nos presenta el texto de la parábola de los dos hijos enviados a trabajar por su padre a la viña. El hijo aparentemente dispuesto a obedecer no lo hace; el que en principio se niega, es quien obedece y cumple la petición del padre. Y Jesús mismo nos da, a continuación, la explicación de la parábola: el hijo inconsecuente representa a los propios judíos, el pueblo elegido que, en virtud de esta predilección divina, creía que cuantos estaban fuera de su propia identidad judía, se quedaban también fuera de la salvación. En cambio, los aparentemente excluidos, los publicanos y las prostitutas, los impuros y pecadores, los previamente estigmatizados como carne del infierno, son los que, como el hijo verdaderamente fiel, heredarán el Reino. Y tiene el Señor, y lo constata el evangelista publicano y escriba, la delicadeza de conectar esta realidad universal de la misericordia divina con el profeta Juan, precursor y compañero, maestro que es capaz de aprender de su discípulo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

En esta firme y provocadora proclamación de la grandeza del amor de Dios que a todos quiere llegar, la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados encuentra una sólida base para fundamentar la doctrina de la Iglesia sobre la hospitalidad. Y especialmente con los más pequeños, que son los menores de edad, pero también cuantas personas se hallan en una desprotección total de recursos y derechos. Sin que ello quiera decir que las migraciones irregulares no deban ser acotadas por las leyes y sustituidas por políticas globales que las hagan seguras y no supongan para los países de acogida, una ingente acumulación de problemas de todo tipo. Es difícil hallar una solución y la que sea tendrá que contar también con la necesidad de los países de salvaguardar sus fronteras para mejor gestionar la distribución del trabajo y la riqueza. Pero, contando con dicha autonomía de los Estados en su administración de los bienes y las necesidades, siempre que haya personas, que es lo que son los inmigrantes y refugiados, en una situación de precariedad, de "pequeñez" o indefensión, la hospitalidad no es una opción, sino una obligación en justicia, y un deber sagrado para los que a estas palabras de Jesús en Mateo 20 responderemos: "Gloria a Ti, Señor Jesús".

LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA: PALABRAS Y HECHOS

COMENTARIO EVANGÉLICO DE J. A. PAGOLA: PARA JESÚS LOS ÚLTIMOS SON LOS PRIMEROS

COMENTARIO AUDIOVISUAL DE VERBO DIVINO: CUANDO NUESTRO "SÍ" DICE OTRA COSA

lunes, 27 de julio de 2026

DOMINGO 2 DE AGOSTO: XVIII DE TIEMPO ORDINARIO

El drama de la inmigración irregular, con la explotación por parte de las mafias, la trata de personas y el resultado letal por mar y tierra, nos pide una reflexión serena, que, en el caso de los cristianos, siempre deberá ser una reflexión evangélica. Nadie dice que los estados no deban controlar sus fronteras y procurar una inmigración regulada, fruto de la colaboración bilateral y global. Pero el trato humano, el respeto de la vida y la dignidad, la hospitalidad para los que ya están aquí, se imponen cuando con fe primamos la fraternidad sobre otras consideraciones y atendemos al principio de la doctrina social de la Iglesia que habla del fin universal de los bienes.

SÁBADO 8 DE AGOSTO: SANTO DOMINGO DE GUZMÁN. MISA Y OFRENDA DE FLORES 19:30

LECTURAS

  • 5, 1-3. Venid y comed.
  • Sal 144. R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias. 
  • Rom 8, 35. 37-39. Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.
  • Mt 14, 13-21. Comieron todos y se saciaron.

El único milagro que se repite en los cuatro evangelios (Mt 14,13‑21; Mc 6,30‑44; Lc 9,10‑17; Jn 6,1‑15) y que en alguno de ellos tiene dos versiones (Mt 15,32‑39; Mc 8,1‑10), es el de la multiplicación de los panes y los peces. Hay quienes querrían leer este milagro como si la multiplicación del alimento fuera espontánea, de la nada; o como si siempre hubiera habido esa cantidad generosa hasta sobrar. Pero en el relato evangélico, lo que se multiplica es la generosidad, la parte compartida y puesta al servicio de la mayoría. Luego, viene la gracia que hace eficiente la comunidad de bienes y sale al paso de la necesidad, de la carencia de los bienes básicos. Pero primero están lo que de hecho tenemos y la intención de no acapararlo de manera egoísta. 
Más allá de las necesarias políticas que salvaguarden el derecho de los países a controlar los flujos migratorios y de las no menos necesarias, por no decir de obligada humanidad, medidas para acoger y atender a la población que llega a los países receptores de inmigrantes, hay que reflexionar sobre las causas que conducen a millones de personas a arriesgar la vida y buscar un futuro mejor, cuando no se trata simplemente de un presente viable, de sobrevivir. Las guerras, las consecuencias de una economía polarizada en el beneficio de unos pocos, los desastres climáticos, los estados dictatoriales y represores, el pasado colonizador, la desregulación del comercio y las inversiones internacionales... son otros tantos factores que forman parte del problema y que no deberíamos ignorar para sólo prestar atención a las dificultades que supone la acogida e integración de la población inmigrante. 
Y cuando, con justicia histórica y realismo político, vemos las múltiples y complejas causas de la emigración, entonces es hora de echar mano, como cristianos, de la Doctrina Social de la Iglesia y recordar dos de sus principios capitales: el destino universal de los bienes y la primacía del bien común. Por eso, la lectura hoy del milagro de la multiplicación de los panes y los peces parte de la constatación de la existencia de multitudes hambrientas, el reconocimiento de que podemos organizar la economía y la sociedad de un modo más humano y la contemplación de la gracia divina que multiplica lo que se comparte porque es Dios quien nos lo dio todo para todos.

jueves, 23 de julio de 2026

25 DE JULIO: SANTIAGO, PATRÓN DE ESPAÑA

Eucaristía de la fiesta: 19:30 

LECTURAS

  • Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2. El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.
  • Sal 66. R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
  • 2 Cor 4, 7-15. Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús.
  • Mt 20, 20-28. Mi cáliz lo beberéis.

La reciente visita del papa León XIV a España, además de su magisterio y predicación confirmando la fe de nuestra Iglesia local, la que peregrina en las tierras y pueblos de España, ha servido para escenificar de manera educativa y necesaria, la riqueza, integridad y diversidad de lo que es la Iglesia, la nuestra y toda la Iglesia. Porque hay religiosidad popular, culto, oración, contemplación; y hay también testimonio, caridad, acompañamiento, solidaridad, compasión... El papa nos lo ha recordado y subrayado, pero el conjunto de actos y localizaciones, la riqueza de experiencias y testigos, muestran que la Iglesia, fundada en el anuncio apostólico del Evangelio, sólo es portadora de ese mismo Evangelio cuando lo vive en todas sus dimensiones, de manera integral, en su complejidad y riqueza. Esta es la fe que reconocemos de manera histórica y simbólica en la figura del santo apóstol Jacob, Yago, Jaime, Santiago. El hijo del Zebedeo, el que con Pedro y su hermano Juan formaba el círculo de confianza de Jesús. Porque son estos tres discípulos los que están con el Maestro en las horas dulces y sublimes (la Transfiguración: Mt 17:1-9; Mc 9:2-10; Lc 9:28-36; 2 Pe 1:16-18) como en los momentos de máxima debilidad (la oración en el huerto de Getsemaní: Mt 26:37 y Mc 14:33); los mismos que lo acompañan en el milagro de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5:37 y Lc 8:51). Este miembro del colegio de los doce apóstoles, elegidos por Jesús de entre los discípulos y discípulas que le seguían, para representar el nuevo Pueblo de Dios, enlaza la historia de nuestra Iglesia con la de todo el cristianismo y la inserta en la comunión de fe que debe expresarse, tanto en la oración y la liturgia, como de manera inseparable en la acción social en favor de los pobres, los privados de libertad, los inmigrantes, la vida en riesgo (no nacidos, enfermos, mayores), la dignidad de todos. A este apóstol que preside la unidad y la fidelidad de la Iglesia española encomendamos nuestra gente, sus problemas y carencias, sus expectativas y dificultades, al tiempo que le rogamos ayude a nuestra iglesia a servir lo mejor posible al pueblo español.

domingo, 26 de abril de 2026

1 DE MAYO: DÍA DEL TRABAJO. SAN JOSÉ OBRERO

El 1 de mayo de 1886 (hace ahora 140 años) un sindicato norteamericano convocó una huelga general para reivindicar la jornada laboral de ocho horas. La represión de aquella jornada causó muertes y mumerosos heridos, sobre todo en Chicago. En conmemoración de aquellas víctimas y de su causa laboral se instituyó el 1 de mayo como Día del Trabajo. En 1955, el papa Pío XII estableció para esta misma fecha la fiesta de San José Obrero, como suma a esta celebración y sus aspiraciones de justicia laboral, no como sustracción ni colonización espiritualista. Y con esa intención, bajo la intercesión del que conecta a Jesús de Nazaret con su pueblo y con el pueblo trabajador, también nosotros sumamos nuestra fe, oración y devoción a las demandas de justicia social para todos los trabajadores, especialmente para los más explotados, menos reconocidos y peor remunerados.

LECTURAS

  • Hch 13, 26-33. Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús.
  • Sal 2. R. Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
  • Mt 13, 54-58. ¿No es el hijo del carpintero? 

En realidad, cuando los evangelios se refieren a San José, a veces sin nombrarlo, lo hacen no como "carpintero", sino como obrero manual, artesano (en griego, tékton). Bien pudieran sus manos trabajar la madera, acarrear cargas de material, construir edificaciones, reparar desperfectos, limpiar suciedad... en Nazaret su pueblo, o en la cercana Séforis, ciudad más poblada y con más vida administrativa y comercial. El caso es que Jesús de Nazaret, el que por su resurrección será despúes confesado como Hijo de Dios, Nuestro Señor, era conocido también por su filiación de aquél obrero, trabajador con sus manos, representante de la mayoría sociológica de un pueblo dividido en ricos y pobres. Este origen humilde, pero compartido por tantos contemporáneos suyos, le da a Jesucristo una raíz histórica que bien se compadece con las demandas de Dios en favor de la justicia con los oprimidos y la rectitud de las relaciones entre las personas como expresión de su Ley, como aplicación del derecho. Por eso, bajo la advocación de san José Obrero, no sólo no nos desviamos de la celebración civil, ni escamoteamos el contenido social de este día mundial del trabajo, sino que le damos mayor alcance al relacionar el trabajo y la garantía social con la vida y el mensaje de Jesús. Y sin restarle ni un ápice de su contenido reivindicativo, con san José nos ponemos de parte de las reclamaciones de más seguridad en el trabajo y plena aplicación de las medidas que lo protegen de todo tipo de explotación. Es más, queremos recordar a los que, como a veces le pasó a san José, no son nombrados pero existen y trabajan, hacen sociedad y crean properidad sin ver sus derechos reconocidos. Personas trabajadoras sin contrato porque ni son reconocidos, como si no exisistieran. Un motivo más para que la regularización de los inmigrantes sea un hecho que no nos divida, sino que nos una para hacer una sociedad más justa y fraterna.

DOMINGO 25 DE OCTUBRE: XXX DE TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

La primacía y conjunción del amor a Dios y al prójimo en la ley de Dios no es invención de Jesús. De algún modo late en toda la crítica prof...