Mensaje del papa León XIV para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado
LECTURAS
- Ez 18, 25-28. Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su
propia vida.- Sal 24. R. Recuerda, Señor, tu ternura.
- Flp 2, 1-11. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
- Mt 21, 28-32. Se arrepintió y fue. Los publicanos y las prostitutas van por
delante de vosotros en el reino de Dios.
Mateo era publicano (Mt 9, 9 - 13) y, seguramente, escriba, experto en las Escrituras: es el evangelista que más las cita: 44 citas literales y unas 77 alusiones, frente a 18, 20 y 14 de Marcos, Lucas y Juan, respectivamente. Por eso es también el evangelista al que más le cuesta la ruptura, por la vía de la superación o cumplimiento, de Jesús con la Ley. En la tensión de continuidad y ruptura que marca la relación del profeta de Nazaret, del Hijo del Hombre, con lo que "sabéis que está escrito", Mateo no deja de resaltar la continuidad: "antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" (Mt 5, 17 - 19). Por eso mismo, es de más valor su afirmación de la universalidad de la intención salvadora de Dios. Puede que su condición de publicano (cobrador de impuestos al servicio de Roma) chocara en su interior con la de conocedor de las Escrituras, pero había encontrado la manera de compartir ambas condiciones, luego era un experto en lograr compromisos entre contrarios. Y tal vez por esa íntima contradicción, podía explorar mejor, de forma más audaz, la posibilidad de que, sin echar por la borda la fidelidad a la tradición de Israel expresada de forma vinculante en la Ley y los Profetas, Jesús hubiera supuesto y predicado su desbordamiento desde dentro (la pureza de intención en el cumplimiento de los preceptos divinos) y hacia su horizonte más pleno: el destino salvífico universal del plan de Dios.
En este contexto de la universalidad salvífica del Reino de Dios predicado por Jesús de Nazaret e iniciado con su vida, muerte y resurrección, la liturgia dominical nos presenta el texto de la parábola de los dos hijos enviados a trabajar por su padre a la viña. El hijo aparentemente dispuesto a obedecer no lo hace; el que en principio se niega, es quien obedece y cumple la petición del padre. Y Jesús mismo nos da, a continuación, la explicación de la parábola: el hijo inconsecuente representa a los propios judíos, el pueblo elegido que, en virtud de esta predilección divina, creía que cuantos estaban fuera de su propia identidad judía, se quedaban también fuera de la salvación. En cambio, los aparentemente excluidos, los publicanos y las prostitutas, los impuros y pecadores, los previamente estigmatizados como carne del infierno, son los que, como el hijo verdaderamente fiel, heredarán el Reino. Y tiene el Señor, y lo constata el evangelista publicano y escriba, la delicadeza de conectar esta realidad universal de la misericordia divina con el profeta Juan, precursor y compañero, maestro que es capaz de aprender de su discípulo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
En esta firme y provocadora proclamación de la grandeza del amor de Dios que a todos quiere llegar, la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados encuentra una sólida base para fundamentar la doctrina de la Iglesia sobre la hospitalidad. Y especialmente con los más pequeños, que son los menores de edad, pero también cuantas personas se hallan en una desprotección total de recursos y derechos. Sin que ello quiera decir que las migraciones irregulares no deban ser acotadas por las leyes y sustituidas por políticas globales que las hagan seguras y no supongan para los países de acogida, una ingente acumulación de problemas de todo tipo. Es difícil hallar una solución y la que sea tendrá que contar también con la necesidad de los países de salvaguardar sus fronteras para mejor gestionar la distribución del trabajo y la riqueza. Pero, contando con dicha autonomía de los Estados en su administración de los bienes y las necesidades, siempre que haya personas, que es lo que son los inmigrantes y refugiados, en una situación de precariedad, de "pequeñez" o indefensión, la hospitalidad no es una opción, sino una obligación en justicia, y un deber sagrado para los que a estas palabras de Jesús en Mateo 20 responderemos: "Gloria a Ti, Señor Jesús".


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