LECTURAS
- Eclo 27, 30 — 28, 7. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus
pecados te serán perdonados.
- Sal 102. R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico
en clemencia.
- Rom 14, 7-9. Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor.
- Mt 18, 21-35. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete.
De los cinco grandes discursos en los que san Mateo estructura su Evangelio, este del capítulo 18, sería el cuarto. El quinto y último es el escatológico, el de la esperanza definitiva en un futuro de plenitud que principia con un presente de solidaridad (Mt 25). Antes, Mateo ha presentado la novedad del Reino predicado por Jesús en el sermón del monte (Mt 5 - 7) y con las parábolas (Mt 13). En Mt 10 se trata de un discurso misional, de las instrucciones para los que tienen que anunciar esa transformación radical de la persona y del mundo que supone el reinado misericordioso de Dios. En realidad, el contenido de este cuarto discurso (Mt 18), que lo estamos viendo desde el domingo pasado, coincide con el discurso misional de Mt 10 en ser una enseñanza dirigida a los miembros de la comunidad y referida a su propia constitución interna como fraternidad que anticipa en su forma de vida el Reino. Reino que ya ha comenzado con la vida misma de Jesús y que se hace presente también en la asamblea o iglesia de los que, siguiendo a Jesús, ponen en práctica su mensaje. Pero el que se ha ganado el calificativo de "discurso eclesial" es éste del capítulo 18, por centrarse en las actitudes, valores y líneas rojas que conforman la vida del cristiano y el ser de la Iglesia. Sería el libro de estilo y código de circulación para el día a a día de la comunidad.
Los dos fragmentos elegidos por la liturgia para invocar esta carta magna del ethos cristiano comunitario (18, 15 - 20 el domingo pasado y 18, 21-35 para éste) se centran en el perdón, en la reconciliación que nace del primado de la misericordia y tiene su raíz en el mismo amor y delicadeza con los que Dios nos trata: así hemos de tratarnos con los hermanos. El centro del discurso sería el versículo 20: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Se trata de la declaración sobre la naturaleza última de la Iglesia, de la comunidad cristiana: reunidos en el nombre del Señor y, por esta reunión, el Señor está con nosotros. Sobre es reciprocidad entre Jesús y los que nos reunimos en su nombre, que aclara la identidad del cristiano y de la Iglesia, se hace posible la radicalidad moral que propone para sus seguidores: grandeza de la pequeñez (1 - 5. 10); ejemplarida o no escandalizar a los pequeños (6 - 7. 10); integridad de la conversión como trasnformación de toda la persona (8 - 9); la misericordia salvadora y universal de Dios como fuente y horizonte de esta ética de máximos (11 - 14). Y como epítome (resumen o compendio que expone lo fundamental de un mensaje) y concreción o campo de pruebas de esta forma de vida, el perdón (15 - 35).
El hecho de que la pregunta desencadenante de este discurso eclesial de Mt 18 sea por quién es más grande, por el escalafón y la escala de jerarquías, pone de manifiesto que este código ético para la Iglesia tiene un claro perfil institucional. Hay quienes tienen alergia a este término, y puede que también a la realidad insoslayable de que cualquier grupo humano, en mayo o menor medida, para sostenerse, tiene también instituciones: tareas diferentes, modos de organizarse, tradiciones que se perpetuan en favor de la continuidad de esa asociación, familia, grupo, compañía... Pero, habida cuenta de que la diversidad, igualmente inevitable, como la misma institucionalidad, siempre y ahora también, corre el peligro de cristalizarse en verticalidad y sustitución de la fraternidad por la mera cadena de mando y la obediencia formalista, se hace necesario recuperar dicha pregunta y responderle del modo más acorde con el espíritu de esta propuesta de "regla" comunitaria. A este respecto, vemos en el proceso sinodal y su propuesta de recuperar la plena sinodalidad de la Iglesia, una ocasión para ser más fieles a la verdadera fraternidad, alimentada por el amor insondable y gratuito de Dios; orientada por la finalidad curativa o salvadora del proyecto divino para con nosotros; y ajustada a los modos y maneras cordiales, horizontales e inclusivos del carácter comunitario de la Iglesia. Este venero transversal y constituyente de la fraternidad deberá inspirar la plena acogida de esa diversidad sin caer en el riesgo de la exclusión de las minorías, el silenciamientos de las mayorías (los laicos, las mujeres) y el progresivo estancamiento de la fuerza evangelizadora sin la cual, lo institucional pierde su sentido y su meta. Comunión, participación y misión requieren que estemos abiertos a la discrepancia, incluso a la desobediencia parcial y razonada, para sobrevivir quienes, como parte de la comunidad, en pie de igualdad con sus hermanos, piensan de manera diferente a la mayoría, o a la norma. Tiempo habrá, si se hacen las asambleas sinodales de que se vean estas discrepancias y se las trate con el mismo respeto y consideración del que fue perdonado más que nadie y por eso debe a sus hermanos mayor indulgencia.

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