domingo, 30 de agosto de 2026

DOMINGO 6 DE SEPTIEMBRE: XXIII DE TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

"Has salvado a tu hermano", sólo que esta salvación no es individual, sino comunitaria. En lugar de una ambulancia individual, la salvación cristiana debería representarse con un autobús, o como lo llaman en Argentina, un "colectivo", porque la vida nueva que Cristo nos comunica la transmite, se vive y se disfruta plenamente de manera comunitaria, en modo "eclesial", pues ekklesía, Iglesia, es asamblea, reunión, punto de encuentro, casa de puertas abiertas y hospital de campaña, que dijera el irrepetible papa Francisco. 

LECTURAS

  • Ez 33, 7-9. Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.
  • Sal 94. R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». 
  • Rom 13, 8-10. La plenitud de la ley es el amor.
  • Mt 18, 15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si en el texto de la crisis de Cesarea de Filipo, el término "iglesia" (ekklesía, asamblea) aparece en relación a la función fundamentante que tiene la fe confesante de Pedro en la edificación de la comunidad de los seguidores de Cristo, aquí lo hace en referencia al ministerio reconciliador que compete a toda la comunidad, a todos los miembros de la Iglesia. Jesucristo dirá en la última cena que su sangre se derrama "para el perdón de los pecados", aunque de los relatos de la institución de la Eucaristía, sólo Mt 26, 28 recoge esta concreción reconciliadora del sacrificio de Cristo. Pero ya durante toda su misión insistía Jesús en el perdón como expresión del amor entre hermanos y reflejo de la misericordia de Dios. Por eso viene tan a cuento este domingo del evangelio sobre la corrección fraterna y la reconciliación comunitaria, la reflexión de Pablo en Rm 13, 8-12 sobre el amor como cima y plenitud de toda la moral. 

Cuando la última fase del Sínodo se encamina hacia la asamblea eclesial de 2028, pasando por la propuesta de asambleas diocesanas y nacionales, merece la pena hacer pie en este texto de Mateo sobre la asamblea, la iglesia, como lugar idóneo para efectuar la interpelación mutua, resolver los conflictos entre hermanos y hacer presente en el mundo el amor como suma de la ley y horizonte de realización personal y colectivo. Jesús no es ingenuo, sabe de las debilidades de los que ha escogido, ya pudo comprobarla en el propio Pedro, el que había señalado, por su fe confesante, como "piedra" para edificar su Iglesia. Por eso mismo, no ignora que la tentación de la ambición, las rivalidades partidistas, la obcecación en lo propio y la tentación de la intrasingencia excluyente, no estarían ausentes en la edificacación de la asamblea de hermanos que es su Iglesia. En el relato de la última cena en Juan, esta preocupación se hace patente en su oración al Padre por la unidad de los que le han seguido (Jn 17). Esta es la razón de que la sinodalidad sea también la oportuna articulación de la diverdiad constitutiva de la Iglesia en un modo incluyente, basado en el diálogo y la mutua aceptación.

La sinodalidad quiere, pues, poner de manifiesto que la Iglesia en cuanto comunidad de hermanos, debe conjuntar la comunión con la participación y la misión. Que la fe que nos une (comunión) debe dar lugar a una presencia activa de todos los fieles en la Iglesia (participación), empezando por asumir juntos, de manera corresponsable la común misión de anunciar el Evangelio. No se trata sólo, que también, de mejorar los mecanismos de expresión de las opiniones y toma de decisiones, sino de vivir de manera integral nuestra condición bautismal, por la que todos somos protagonistas en la edificación de la Iglesia, que se asienta en ese testimonio de fe que dio Pedro cuando Jesús tomó el pulso a su propia misión de anunciar el Reino. Y si Pedro, a pesar de su traspies con la dimensión martirial de esa misión, no sólo seguirá detrás de Jesús, sino que acabará dando su vida por Él, la fe que sostiene la Iglesia es la que asume la cruz en sus múltiples formas y situaciones. Hoy, además de la reconciliación entre los que se han ofendido o enemistado, la función reconciliadora de la Iglesia debe abarcar también la armonía de los ministerios y vocaciones, de los carismas y responsabilidades, de manera que se haga realida su carácter definitorio de asamblea, de comunidad. Y eso, se llama sinodalidad y se hace patente en el día a día de la misión en la sinodalidad. De este modo, la salvación que da contenido a la evangelización, no sólo está destinada a todos, sino que se anuncia por medio de la participación corresponsable de todos los bautizados en su proclamación, en su anuncio y testimonio.

LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA

COMENTARIO EVANGÉLICO DE J. A. PAGOLA

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