lunes, 24 de agosto de 2026

DOMINGO 30 DE AGOSTO: XXII DE TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Más allá de la idea del juicio final y los temores que ha desencadenado y sigue generando en muchos fieles, las advertencias de Jesús sobre ganar y perder la vida, pasando por la cruz y su aceptación o renuncia, nos invitan a sopesar lo que de veras vale en la vida. Se trata, más que de una amenaza que pende permanentemente sobre la conciencia del creyente, de una oportuna consideración sobre la necesidad de elegir lo que permanece más allá del tiempo, de apostar por lo que está por encima, incluso, de la muerte. Sin miedo, pero con la gravedad del que se juega haber disfrutado del regalo de la vida en su plena riqueza y felicidad, la que, según nos comunica con su propio ejemplo Jesucristo, reside en el amor y la generosidad que se entregan como Él lo hizo hasta morir en la cruz. El egoísmo, la avaricia, la pusilanimidad que nos impide ser más abnegados y comprometidos, no necesitan del castigo del infierno, ya generan por sí mismos el tormento de no vivir de verdad, de no aprovechar la vida en lo que ésta más vale y mejor sabe. Este juicio es permanente, se produce a cada hora, en cada decisión, pero no es definitivo, porque el que lo dio todo por nuestra salvación, con toda la seriedad de su llamada de atención para que no demos la espalda a nuestra cruz, a nuestras propia misión, también hizo de su vida un permanente propuesta para que cambiemos, aprendamos, nos convirtamos.

LECTURAS

  • Jer 20, 7-9. La palabra del Señor me ha servido de oprobio.
  • Sal 62. R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
  • Rom 12, 1-2. Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo.
  • Mt 16, 21-27. Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo.

La liturgia separa, leyéndola en dos domingos sucesivos, la secuencia completa de la crisis de Cesarea de Filipo. Este pasaje, con la rebelión de Pedro contra la cruz y sus sufrimientos, es decir, con la negación a la integridad de la misión de Cristo para anunciar el Evangelio de la salvación (Mt 16, 21 - 27), viene inmediatamente después de que el mismo Pedro confesara a Jesús como Hijo de Dios y, por eso mismo, recibió entonces el título de piedra sobre la que se edifica la Iglesia, con el "poder de las llaves", el poder de atar y desatar (Mt 16, 13 - 20), que se leyó el domingo pasado, y ahora es calificado por Jesús como “piedra de tropezar”. Pero, ambos momentos forman parte de un mismo movimiento, el que va de la identidad y misión de Jesús confesada por Pedro, a su consumación en la entrega de toda su vida, no sólo en la cruz, pero, inevitablemente hasta la cruz. 

Esta crisis de Cesarea de Filipo está en los tres sinópticos (Mc 8, 27-33; Mt 16, 13-23; Lc 9, 18-22), con los matices pertinentes a la teología de cada uno de los evangelistas. Básicamente, las diferencias estriban, sobre todo, en subrayar (Marcos y Mateo), u omitir (Lucas, que además de intentar mitigar la dura imagen de la debilidad de los apóstoles, coloca este pasaje en un contexto enmarcado por la oración y la enseñanza), la reconvención de Jesús a Pedro por su renuencia a aceptar la dimensión sufriente de la misión de su maestro: "Ponte detrás de mí, Satanás, que piensas como los hombres, no como Dios". Pero, si como él mismo ha confesado, su maestro, Jesús, es el Hijo de Dios, negar la cruz supone interrumpir tramposamente la integridad y radicalidad del amor salvador que mueve esa misión. Por eso lo llama Satanás, porque como el tentador del desierto, escamotea la verdadera naturaleza servicial del mesianismo que encarna Jesús, en favor de un mesianismo más cómodo y triunfal. Sin embargo, más allá del valor histórico que le confiere al pasaje el recuerdo de esta amonestación a Pedro, su negativa a la predicción de la cruz como culminación del anuncio del Evangelio, expresa también, con un valor catequético y espiritual digno de ser tenido en cuenta, la natural resistencia a las dificultades, sufrimientos y sacrificios por parte de los que intentamos seguir a Cristo. De esta manera, lo que podría ser una anécdota se convierte en una conveniente toma en consideración de nuestra debilidad ante las dificultades que supone la exigencia del seguimiento de Cristo. Pedro, una vez más, somos todos. Hay que decir que, también Juan, pero no en Cesarea de Filipo, sino en la misma Galilea, sitúa en el capítulo 6, tras la multiplicación de los panes y los peces, y el discurso del pan de vida, una crisis no protagonizada por Pedro, pero que se salda con el abandono de algunos seguidores.

Hechas las necesarias acotaciones que sitúen el texto dentro del itinerario evangelizador de Jesús y su discipulado, y que destaque su mensaje esencial sobre el lugar que ocupa la cruz como identificador del compromiso coherente, la radicalidad y generosidad de la misión por la que Cristo nos salva, quedémonos también con un aspecto no menos pedagógico en nuestro propio itinerario espiritual. Además de las dificultades que comporta el mensaje del Evangelio, y a pesar de nuestras flaquezas a la hora de asumir el sacrificio que supone creer y vivir el Reino de Dios, sólo si vislumbramos el valor mayor por el que apostamos, la vida plena por la que nos decidimos, podremos superar esas flaquezas y ponernos detrás de Jesús para caminar con Él hacia la plena realización de la vida como don que, sólo entregándolo, llega a su plenitud. Algo tan valioso que, a juicio de Jesús, está por encima de todo lo que pretendiéramos ganar en el mundo, pero que no puede salvar por sí mismo lo que hace valioso haber vivido en el mundo.

LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA

COMENTARIO EVANGÉLICO DE J. A. PAGOLA

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