viernes, 26 de junio de 2026

LUNES 29 DE JUNIO: SAN PEDRO Y SAN PABLO

 

El uno conoció a Jesús en la primera hora, le siguió desde Galilea, tuvo ocasion de confesarlo como Mesías, como Hijo de Dios, pero también de negarle en la hora suprema. El otro se encontró con Cristo ya resucitado, siendo él perseguidor de los cristianos, reconoció que Pedro era uno de los pilares de la Iglesia, pero asumió una misión que profundizaba y ampliaba el horizonte de la evangelización todavía pegada al judaismo y sus normas. Ambos llamados y enviados. Los dos darán testimonio de sus respectivas fidelidades y coherencias con la vida. Los santos Pedro y Pablo, en su celebración conjunta, son la fundamentación vital e imerecedera del carácter sinodal, comunitario y colegial de la Iglesia, de sus ministerios y su manera de anunciar el Evangelio.

LECTURAS

  • Hch 12, 1-11. Ahora sé realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes. 
  • Sal 33. R. El Señor me libró de todas mis ansias.
  • 2 Tim 4, 6-8. 17-18. Me está reservada la corona de la justicia.
  • Mt 16, 13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.

El Nuevo Testamento, tanto en los Hechos de los Apóstoles 15 como en las cartas de San Pablo (Gal 2), nos da conocer la relación eclesial (inserta en la Iglesia) y eclesiológica (que fundamenta qué es y cómo se hace Iglesia) entre los apóstoles san Pedro y san Pablo. Está también esa preciosa y matizada referencia a las cartas de san Pablo en 2Pe 3, 15 - 16. Una relación basada en la común llamada del Señor (aunque en formatos y tiempos diferentes para el uno y el otro) para la misión también común de anunciar el Evangelio; y en la diversidad (pluralidad) de reflexiones y propuestas para llevar a cabo esa común misión. Siendo uno el Señor, la fe en Él y el bautismo que sella esa fe, Pedro y Pablo representan que la Iglesia aprendió a vivir la unidad y la comunión sin suprimir las diferencias y las discrepancias. Por eso, celebrarlos juntos es siempre una invitación a acoger la realidad plural de la Iglesia en el momento que nos ha tocado vivir en ella y aportar, desde las legítimas opciones y compromisos, el esfuerzo por mantenernos unidos en lo que es más fuerte que la tentación de negar al otro y optar por el aislamiento y la ruptura. Una Iglesia sinodal no diluye la diversidad en el camuflaje de la imposición de la uniformidad como comunión. La comunión sinodal exige que todas las partes sepan reconocerse mutuamente, valorarse fraternalmente y aceptar que, unidos en el seguimiento de Cristo y la edificación de la Iglesia, sin embargo, tendrán diferencias que deben dejar de molestarnos, sino animarnos siempre a la auto revisión y la conversión constante al Evangelio.


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