La Asunción de la Virgen María, Tiziano 1518, Venecia.
El maestro de la composición, sumamente profesional sin desdecir su genialidad, presenta la glorificación de la Virgen en el plano intermedio entre la fuerza ascendente de la admiración de los apóstoles y la actitud receptiva, acogedora y de confirmación plena por parte del Padre eterno. Y en el centro que atrae ambas direcciones, la figura de la madre gloriosa del salvador, rodeada de ángeles, tiende toda ella, postura, brazos y mirada hacia el que ha mirado la humillación de su esclava, aquél en quien se alegra y por el que su vida y misión confirma la preferencia divina por los humildes. Y así, con Tiziano, celebramos en la Asunción de la Virgen María que la mayor gloria a la que puede aspirar cualquier seguidor de Cristo, empezando por su santísima madre, es colaborar con su misericordia y participar en su acción liberadora.
- Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab
- Salmo 44, 10. 11-12. 16 R/. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir
- 1 Cor 15, 20-27a
- Lc 1, 39-56
Junto con el Benedictus (la oración de Zacarías en bendición a Dios por su paternidad: Lc 1, 68-79) y el Nunc dimittis (la oración de Simeón por haber podido conocer al mesías: Lc 2, 29-32) el Magnificat constituye un precioso tríptico oracional del Evangelio de Lucas. De hecho, son las tres oraciones que se rezan todos los días en la Liturgia de las Horas: el Benedictus por la mañana; el Magnificat por la tarde y la oración de Simeón por la noche, antes de ir a descansar. No en vano, el tercer Evangelio es el de la oración, en el que Jesús más insiste para que oremos con perseverancia, y en el que el propio Jesús nos da más ejemplo como el hombre de oración que es. En los labios de la Virgen María, al encontrarse con su prima Isabel, que la bendice por la maternidad del Señor, las palabras del Magnificat enlazan con las otras dos oraciones al insertar la propia alabanza de la Virgen en la historia de la salvación, que lleva a feliz cumplimiento las máximas expectativas de la fe de Israel. Como Simeón y Zacarías, la Virgen María expresa gratitud por la obra de Dios en su vida, pero como ellos también, relaciona esa maravillosa acción de Dios con las promesas a Israel. Pero, y aquí puede estar la especificidad mariana del Magnificat, la Virgen resalta que esa acción tiene una dirección determinada que habla del ser mismo de Dios: su preferencia por los pobres, su determinación por la liberación del oprimido y su oposición a la vanagloria del poder y la riqueza.
Al celebrar la Asunción de la Virgen María a la gloria de Dios estamos celebrando que, aquella misma gratitud admirada de la doncella de Nazaret que será la madre del Salvador, asume y eleva con ella al Padre nuestras oraciones porque su benevolencia se siga realizando con los que más la necesitan porque más cuitados están, porque más carenciales y oprimidos sobreviven. Con la Virgen asunta al cielo, con los brazos levantados como los apóstoles del cuadro de Tiziano, llevamos hasta Dios nuestra alabanza porque también hemos experimentado su amor para con los más débiles y pequeños, reconocible en la caridad, la solidaridad y el compromiso por el bien común. Y quisiéramos que la Virgen, convertida en reina del cielo, nos uniera a ella en su sensibilidad solidaria y compasiva con los que más sufren.
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