domingo, 22 de febrero de 2026

DOMINGO 1 DE MARZO: II DE CUARESMA (CICLO A)

El rostro de Jesús replandecía, brillaba como el sol, para que admiremos como se refleja la gloria de Dios en el rostro de las personas, de todas las personas, sea cual sea su edad y su biografía. Porque por encima de nuestras respectivas trayectorias personas y por debajo de lo que somos, sigue latiendo el pulso de la impronta divina, de la dignidad que nos da ser hijos de Dios. La Transfiguración es del hombre Jesús como Hijo amado del Padre, pero por su mensaje, por su Buena Nueva, a todos alcanza esa luminosidad que nos da ser amados por Dios y estar llamados a hacer presente ese amor en el mundo.
 

LECTURAS

  • Gen 12, 1-4a. Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
  • Sal 32. R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. 
  • 2 Tim 1, 8b-10. Dios nos llama y nos ilumina.
  • Mt 17, 1-9. Su rostro resplandecía como el sol.

Hay un momento en la vida en que, tras haber madurado sentimientos que van de la euforia a la decepción, de la pletórica afirmación de las propias energías a la más desoladora vulnerabilidad, se siente una infinita ternura por tus congéneres, por todas las personas, por el ser humano. Ese, justo, es el instante en que ves transfigurado en el rostro del hombre la gloria divina, pues no otra cosa que ternura, compasión y complicidad siente Dios por nosotros. Al menos eso quería decirnos la muerte de Jesús y su resurrección por el Padre. Como los apóstoles elegidos vieron resplandecer con luz divina el rostro de su maestro, que ya se encamina hacia Jerusalén y hacia su cruz, así también nosotros podemos percibir en las arrugas de los rostros ancianos, como en la tersa piel de niños y jóvenes, la bondad del que nos creó y su bondadosa intención de encontrarse con nosotros. La Transfiguación del Señor en el monte de la revelación, de la consumación de la Ley y los Profetas, nos lleva hasta la manifestación de los misterios más decisivos para el sentido de la vida en las caras cansadas, alegres, asustadas, impacientes... de nuestros hermanos, que lo son porque con ellos compartimos el designio divino de ser su imagen, de estar hechos a su semejanza. No hay que indagar mucho más para comprender que, entonces, cuando vemos el trasunto glorioso y celestial que hay en nosotros, la fraternidad, la solidaridad, la compasión, la caridad, no son sino nuestra mejor manera de saludar y reverenciar esta impronta del que nos creó con el trato justo para con el prójimo, que reconocemos como parte del mismo origen y compañeros del mismo destino.

LECTIO DIVINA DE SAN ISIDRO DE ALMANSA: LA MONTAÑA PARA ESCUCHAR A DIOS

COMENTARIO EVANGÉLICO DE J. A. PAGOLA

COMENTARIO AUDIOVISUAL DE VERBO DIVINO

HOJA DOMINICAL DIOCESANA


CUARESMA EN SANTO DOMINGO DE GUZMÁN




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