LECTURAS
- Gen 12, 1-4a. Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
- Sal 32. R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo
esperamos de ti.
- 2 Tim 1, 8b-10. Dios nos llama y nos ilumina.
- Mt 17, 1-9. Su rostro resplandecía como el sol.
Hay un momento en la vida en que, tras haber madurado sentimientos que van de la euforia a la decepción, de la pletórica afirmación de las propias energías a la más desoladora vulnerabilidad, se siente una infinita ternura por tus congéneres, por todas las personas, por el ser humano. Ese, justo, es el instante en que ves transfigurado en el rostro del hombre la gloria divina, pues no otra cosa que ternura, compasión y complicidad siente Dios por nosotros. Al menos eso quería decirnos la muerte de Jesús y su resurrección por el Padre. Como los apóstoles elegidos vieron resplandecer con luz divina el rostro de su maestro, que ya se encamina hacia Jerusalén y hacia su cruz, así también nosotros podemos percibir en las arrugas de los rostros ancianos, como en la tersa piel de niños y jóvenes, la bondad del que nos creó y su bondadosa intención de encontrarse con nosotros. La Transfiguación del Señor en el monte de la revelación, de la consumación de la Ley y los Profetas, nos lleva hasta la manifestación de los misterios más decisivos para el sentido de la vida en las caras cansadas, alegres, asustadas, impacientes... de nuestros hermanos, que lo son porque con ellos compartimos el designio divino de ser su imagen, de estar hechos a su semejanza. No hay que indagar mucho más para comprender que, entonces, cuando vemos el trasunto glorioso y celestial que hay en nosotros, la fraternidad, la solidaridad, la compasión, la caridad, no son sino nuestra mejor manera de saludar y reverenciar esta impronta del que nos creó con el trato justo para con el prójimo, que reconocemos como parte del mismo origen y compañeros del mismo destino.


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