LECTURAS
- Hch 8, 5-8. 14-17. Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
- Sal 65. R. Aclamad al Señor, tierra entera.
- 1 Pe 3, 15-18. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.
- Jn 14, 15-21. Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito.
"No os dejaré huérfanos" dice el Señor. Su Resurrección no es abandono, ni alejamiento; el Espíritu Santo es la continuidad de la presencia del Maestro con sus discípulos, recurso de asistencia para que nosotros, por nuestra parte, continuemos su misión. Y esta misión no es otra que anunciar que en Cristo, en su persona y su Evangelio tenemos un camino de comunión con Dios, una puerta abierta a la intimidad trinitaria, a la vida amorosa que Dios es y que Dios quiere compartir con nosotros: "yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros" Esta propuesta de elevación y profundización de nuestra condición humana, por misericordia y gracia de Dios, no es solo el contenido de nuestro anuncio evangelizador, sino que también marca su estilo, su modalidad y metodología. Porque sólo viviendo del amor que Dios es podremos comunicarlo, únicamente experimentando esta conexión con el Padre que Cristo nos facilita, seremos misioneros a la altura de tan excelsa encomienda. Valga decir que sólo con un lenguaje, actitudes e iniciativas verdaderamente fraternales, comunitarias, sinodales, podremos evangelizar de modo creíble la extraordinaria oportunidad de vida plena realizada en Jesucristo.
San Juan de Ávila es un buen ejemplo de esta manera de entender el mensaje del Evangelio y el tipo de mensajero que requiere. Maestro de espiritualidad porque era persona de oración, meditación y contemplación; porque conocía y había estudiado con rigor la Palabra de Dios que, si antes no se ha tratado con familiaridad, difícilmente puede luego alimentar nuestra predicación. Hombre pues, de oración y de estudio, pero también entregado a la pastoral, a la cura de almas que se lleva a cabo por medio del acompañamiento personal, la celebración de los sacramentos y la fraternidad apostólica. Pudo contribuir a la reforma del clero, de la catequesis y de la Iglesia en general, porque cumplió lo que dice el ritual de órdenes: "Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor". Por otra parte, conocedor como era, tanto de la interna estructura eclesial y colegial del ministerio presbiteral, así como de la acción misionera de la Iglesia, que, como ella, debe ser sinodal, comunitaria, corresponsable, animó una visión menos individualista y más colaborativa de la vocación sacerdotal. Vaya, que tenemos en este santo nuestro un testimonio de lo que pasa cuando es el Espíritu el que inspira, guía y testifica la calidad evangélica de nuestras vocaciones y de nuestra misión evangelizadora. Valga para la misión diocesana y todas las que vengan después.

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