LECTURAS
- Hch 1, 1-11. A la vista de ellos, fue elevado al cielo.
- Sal 46. R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
- Ef 1, 17-23. Lo sentó a su derecha en el cielo.
- Mt 28, 16-20. Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Ni el mismísimo san Pablo bautizaba (1Cor 1, 17), pues él fue enviado a predicar. El que sí bautizó en el Jordán, según el cuarto evangelio, fue el propio Jesús (Jn 3, 22), información que luego el mismo evangelista intenta suavizar diciendo que no era Jesús quien bautizaba, sino sus discípulos (Jn 4, 2). En cualquier caso, bautizara o no Jesús, lo que está claro es que él sí fue bautizado por Juan Bautista y que fue próximo a su movimiento profético y bautismal. Pero, aquél bautismo del Jordán no era el Bautismo cristiano, ni debe ser entendido, salvo por la proximidad formal, como el precedente del mismo. Pues se trataba de una práctica penitencial, referida al anuncio del fin de los tiempos y ligado de manera expresa al arrepentimiento de los pecados y la conversión de vida. Por eso, la referencia trinitaria que Mateo incluye en el envío a bautizar que Jesús hace a sus discípulos, desliga el bautismo cristiano de aquel otro y lo inserta en la nueva experiencia de Dios que Cristo nos ha comunicado con su vida, muerte y resurrección. El Bautismo "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" tiene su verdadera raíz en la vida nueva que hemos conocido por el Evangelio viviente que es Jesús de Nazaret. Vida nueva que él ha mostrado con palabras y obras, y que ahora, por el Bautismo se experimenta en el anuncio evangelizador de la Iglesia. Si no podemos decir, al menos de manera histórica, que este texto sea la fundación del Bautismo por parte de Cristo, sí que estamos en condiciones de afirmar que el Bautismo se funda y significa en el envío misionero de Cristo, en su llamada al discipulado y en la respuesta que cada cristiano habrá de dar a esta común vocación.
Como expresión de la permanencia de Cristo entre nosotros, la Iglesia y su Bautismo son inseparables de una pertenencia activa a la comunidad. Pertenencia que no es sólo cultual, pues Jesús, en este mismo pasaje, liga el discipulado a la moral evangélica, al cumplimiento existencial de todo lo que Él nos ha enseñado y mandado. Por eso, el envío de Jesús al final de su ciclo mortal, como colofón de su misión temporal, renueva la vocación que nos hace discípulos suyos y que es común a todos los bautizados, laicos y ordenados. Vocación que implica la común misión de seguir anunciando el Evangelio viviéndolo en fraternidad. La Iglesia es sinodal, la evangelización es compartida, porque el que nos envía no hace distingos ni excepciones. No se trata sólo de repartirnos tareas, sino de experimentar que Cristo sigue con nosotros y su envío resuena en cada compromiso, en todos los ministerios, para responder con una misma dignidad y responsabilidad a su llamada, que es la vocación de todos los cristianos.

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