LECTURAS
- Mt 21, 1-11. Bendito el que viene en nombre del Señor.
- Is 50, 4-7. No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
- Sal 21. R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
- Flp 2, 6-11. Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo.
- Mt 26, 14 — 27, 66. Pasión de nuestro Señor Jesucristo.
Ernest Renan (1823 - 1892) fue el primero de los autores modernos que postuló como lo más probable el robo del cadáver de Jesús. También en su pasión, más si cabe en la pasión de Cristo, el evangelista escriturista escucha a los profetas (Jonás, Isaías, Jeremías, Zacarías), cita los salmos (Sal 22 y 69) y escuchándolos rememora y relata los hechos de aquella Pascua en Jerusalén. Por lo pronto, Mateo no pierde de vista la proyección universal de esa historia, que empieza por Israel pero que los profetas han ido abriendo hasta convertirla en argumento para toda la humanidad, y así, frente a la defección de los discípulos, el centurión confesante proclama que Cristo es verdad para todos los que la quieran acoger. Lo que en su relato de la infancia fueron los magos de oriente, aquí lo significa el soldado romano que confiesa su fe en Jesucisto como el Hijo de Dios. Y además, con cierta injusticia histórica, refuerza la carga de la prueba de la responsabilidad judía en la muerte de Jesús (“caiga su sangre sobre nosotros”) pero de este modo también amplía su destino fuera de las fronteras del judaísmo.
Una pasión, esta de Mateo, que atenúa en algunos aspectos la desnuda concisión de Marcos, sortea el efecto historicista de Lucas, no llega al carácter glorioso de Juan, pero logra una sólida continuidad tanto con la Sagrada Escritura anterior, leída en su tensión hacia Cristo, como con el resto del propio relato evangélico mateano. Una pasión que nos invita a no dejar en el pasado, ni del Antiguo ni del Nuevo Testamento, la narración de una muerte que será vida porque es asumida en coherencia con una vida que siempre miró más allá de todas las muertes, la del pecado, la del sufrimiento, la del egoísmo, la de la hipocresía, incluso la muerte de una letra que, sin espíritu, no solo está muerta, sino que mata.


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